30/12/2025
09:45 PM

La maldición del sapo

Dicen que la confianza mata al hombre y la Biblia dice: “Maldito el hombre que confía en el hombre”...

    Don César Hispano compró una propiedad en la orilla del río Grande o Choluteca, en un lugar llamado Higüerito. El entonces caudaloso río transparente y delicioso para bañarse servía para riego, pesca y deleite de los vecinos. Don César sembraba de todo: árboles frutales, maíz, frijoles, arroz y verduras y todo lo que podía dar la fértil tierra. La gente bautizó el lugar como el Paraíso del Sur.

    Había algo especial en don César. Amaba entrañablemente a los animales, no permitía que mataran conejos, iguanas, garrobos, mucho menos a los pájaros, a los que defendía a capa y espada.

    —Los animalitos también son creación de Dios, no hay que matarlos. ¿Le gustaría a usted que le mataran a un hijo o algún pariente? No, ¿verdad? Así es Dios. No le gusta que maten lo que creó.

    Don Rigoberto era el nombre del hombre de confianza de don César, lo que en las haciendas se conoce como mayordomo. No había decisión que se tomara si no estaba presente el mayordomo. Los dos hombres viajaban con frecuencia a Tegucigalpa, San Salvador y Guatemala para hacer negocios. Las cosas marchaban bien por el interés que don César les ponía. Su esposa y sus dos hijas de vez en cuando lo acompañaban, los peones gozaban de un salario justo y el buen trato de sus patronos.

    Podríamos decir que todos se llevaban bien.

    Dicen que la confianza mata al hombre y la Biblia dice “Maldito el hombre que confía en el hombre”. El ansia de poder y dinero se fue apoderando del mayordomo y comenzó robando pequeñas cantidades de dinero que guardaba celosamente en una pequeña casa que le habían asignado en la hacienda.

    Una mañana, mientras guardaba parte de lo robado, pensó:—Mmm. Voy a esconder este dinero en las paredes. Iré repellando poco a poco y si algún día le sucede algo malo al patrón, podré largarme de aquí siendo un hombre rico.

    Don César, sin sospechar que el hombre de su confianza lo estaba traicionando, solía darle más dinero de lo que le correspondía por su salario cuando los negocios marchaban viento en popa.

    En esos días de prosperidad y supuesta armonía, el mayordomo conoció a una mujer sanmarqueña que llegó a la hacienda vendiendo lociones, jabones y otros productos. Fue amor a primera vista. Con el tiempo y el permiso de don César, la mujer se fue a la hacienda para hacer vida marital con el mayordomo, quien en ningún momento le había comentado que guardaba dinero en las paredes; sin embargo era espléndido compañero de hogar. Nadie podría sospechar que detrás de aquella bondad excesiva había un hombre malvado.

    Mariana, la mujer del mayordomo, se ganó la confianza de todos en muy poco tiempo. Un día de septiembre, don César y el mayordomo regresaban de San Salvador. Rigoberto le preguntó:
    —¿Qué haría usted, don César, si descubriera que alguien nos está robando en la hacienda?

    Don César sonrió, pisó suavemente el acelerador y comentó:

    —Si eso sucediera, le echaría la maldición del sapo al ladrón o a los ladrones, se llevarían el susto más grande sus vidas. ¿Por qué me preguntas eso, Rigo?

    —No —dijo Rigo—, es algo que se me vino de repente a la cabeza. Gracias a Dios que no tenemos gente mala ni malintencionada, ¿verdad?

    —Así es— dijo el patrón— porque el día que eso sucediera mandaría la maldición que te dije.

    El mayordomo, intrigado, preguntó:

    —¿Y usted sabe en qué consiste la maldición, patrón?

    —Claro que sí —dijo don César—. La maldición consiste en que el ladrón recibe la visita de todos los sapos que estén cerca hasta que el culpable muere.

    El mayordomo no preguntó más y hábilmente cambió la conversación.

    Al llegar a la casa, don César, muy serio, expresó:

    —No me había puesto a pensar en lo que me dijiste en el camino, así que desde hoy lanzo la maldición del sapo sobre todo aquel que se robe el fruto de mi trabajo. Queda dicho. Y queda hecho.

    Una mañana, don Rigoberto le pidió permiso a su patrón para ausentarse cuatro días. Tenía viaje para San Marcos de Colón, ya que su compañera deseaba ver a sus familiares. El permiso le fue concedido.

    Al siguiente día, don César viajo solo a la ciudad capital con tan mala suerte que una rastra chocó con el vehículo que manejaba y lo mató en el acto.

    En aquel tiempo, las comunicaciones era difíciles, así que el mayordomo se dio cuenta de la tragedia al regresar de su viaje.

    Su compañera se quedó en San Marcos unos días más. La viuda, consternada, le contó a don Rigoberto cómo habían sucedido las cosas, la noche de la vela y el entierro, la gran cantidad de gente que asistió y todos los pormenores del desfallecimiento de su esposo.

    —Solo me queda usted —dijo la viuda—, es el hombre de más confianza en la hacienda y en todos los negocios de mi difunto César.

    Cuando se cumplieron los nueve días del fallecimiento de don César, una noche, los sapos y las ranas comenzaron a alborotarse en el río. Poco a poco iban saltando por decenas hacia la hacienda y los peones se persignaron al escuchar a los animales

    —Hum, esto es cosa del diablo —dijo una señora—, cierren bien las puertas y las ventanas.

    Por las hendeduras de las puertas, por las ventanas, por las tejas, por todos lados, los sapos y las ranas penetraron en el cuarto del mayordomo, que se encontraba dormido.

    Despertó sobresaltado y se dio cuenta de que la maldición del sapo le había caído por ladrón. Extrañamente, las paredes arrojaron el dinero robado.