Hace muchos años, cuando se fundó el cuartel general de la Policía al que se bautizó como Fuerza de Seguridad Pública (Fusep) se dio inicio a un nuevo tipo de seguridad ciudadana contando con varias patrullas, en ese tiempo en el barrio Casamata, sitio donde fue ubicado el cuartel, habían pocas viviendas en los callejones ubicados enfrente, los fines de semana las celdas se llenaban de alcohólicos y ladrones, había pocos crímenes, no como ahora que se registran 6 a 12 personas asesinadas diariamente.
Los detenidos practicaban dos rituales, si es que así se les puede llamar, uno era el de cachimbear al tecolote, se trataba de pegarle palmadas a un tecolote dibujado en la pared para que llegaran más presos; el otro consistía en “pasar la culebra”, o sea que había que dar dinero para la compra de cigarrillos o comida para los detenidos que no tenían quien les llevara comida.
El coronel encargado de la Fusep acostumbraba hacer una revisión de todas las bartolinas, luego regresaba a su oficina. En cierta ocasión habían llevado a la prisión a un hombre llamado Emeterio, famoso por sus pleitos callejeros y asiduo visitante del cuartel de Casamata.
El coronel cuando hizo la inspección y lo vio le dijo: –Caramba Emeterio, no te cansás de andar causando problemas, me acaban de solicitar allá arriba que te mande directo a la Penitenciaria Central–. Emeterio tembló de pies a cabeza, jamás se inmaginó que sería remitido a la grande –pero jefe, yo no soy criminal, no he matado a nadie.
–Eso es lo que vos decís, en el hospital está un muchacho gravemente herido, vos lo golpeaste y por eso estás aquí, si el golpeado se muere vas directo a la penitenciaría, y allá no puedo hacer nada por vos–.
Emeterio bajó la cabeza y de sus ojos comenzaron a salir lágrimas por primera vez en su vida sintió miedo, el coronel al despedirse le dijo: –rogá para que ese muchacho que golpeaste no se muera–.
Los compañeros de celda de Emeterio estaban asustados jamás lo habían visto afligido y mucho menos llorando, nadie le dijo nada por miedo a una golpiza, sabían cómo era de agresivo, por primera vez Emeterio se puso de rodillas y le pidió a Dios con fervor diciendo: –Diosito lindo, perdóname y no permitas que se muera Daniel, el tuvo la culpa, me golpeó con un tubo, pero no permitas que se muera mandá a tus angelitos a cuidarlo, te juro que voy a cambiar, por favor Diosito–.
En las celdas de detención no habían camas, ni siquiera un petate, los presos se acostaban pegaditos el uno al otro para darse calor, solo Emeterio dormía solo temblando de pies a cabeza.
Llegó la madrugada, había niebla en las celdas, niebla que bajaba del cerro el Picacho, fue cuando dos de los detenidos vieron a una mujer de largos cabellos, de vestido azul, estaba acariciando los cabellos de Emeterio, de pronto se levantó y salió de la celda, la puerta se cerró de golpe, de inmediato aquellos hombres comenzaron a gritar: –¡aquí anda una mujer!, ¡aquí anda una mujer! –Los policías llegaron de inmediato: –¡Qué le pasa a ustedes, están locos! –Se armó un tremendo escándalo, los presos aseguraban haber visto a una mujer sentada a la par de Emeterio –ella le estaba tocando el pelo a este–.
El muchacho asustado cuando le dijeron lo de la mujer. –Debe de estar escondida en algún lado.
–Ante la seguridad de lo que los hombres decían, los policías se movilizaron por el cuartel, el jefe bajó a las celdas para interrogar a los hombres y se quedó extrañado con su relato –no es posible que todos estén mintiendo, aquí hay algo raro–. Durante dos días los reos estuvieron en vigilia, nadie podía dormir en la celda mucho menos Emeterio.
Por la mañana aproximadamente a las diez, el jefe llegó de nuevo a ver a Emeterio: –Te salvaste Emeterio, el golpeado ha mejorado, los doctores dicen que están maravillados porque no presenta ni un solo golpe, como si no le hubiera sucedido nada, así que quedás en libertad–.
Poco a poco todos los que habían estado detenidos con Emeterio recobraron la libertad sin olvidar la presencia de aquella mujer que vieron en el cuartel general de Casamata.
No habían pasado ni cinco días cuando de nuevo Emeterio regresó a la cárcel, esta vez por insultar a un diputado que casi lo atropella con su vehículo, el diputado pidió que lo tuvieran diez días en la cárcel por malcriado. –Vos salís de una y te metés a otra –le dijo el jefe de la Policía–, portate bien Emeterio, encomendate a Dios–.
Cuando llegó la noche, dos policías que hacían la ronda en el cuartel en la parte alta vieron a una mujer que entró por la puerta que llevaba a las celdas, de inmediato dieron la voz de alerta, sigilosamente varios hombres rodearon el lugar y cuatro elementos penetraron por el portón iluminaron hasta el último rincón con sus lámparas de mano, por uno de los pasillos vieron a la mujer de cabellos largos y de vestido azul... –¡Allá va!, no dejen que salga de aquí–.
Todos corrieron adonde vieron a la mujer y a pesar de haber rodeado el edificio esta había desaparecido atravesando las paredes.
Los cuatro hombres que la vieron quedaron petrificados, no podían hablar, tenían los ojos fuera de sus órbitas y temblaban de pies a cabeza, el suceso fue tomado como si se tratara de un secreto militar; cuando amaneció, Emeterio encontró en el suelo un rosario de perlas blancas, era el mismo con el que habían enterrado a su mamá cuando el era un niño, aquello sigue siendo un misterio para la Policía, mas no para Emeterio, que fue quien nos contó esta historia de la mujer de Casamata. Actualmente es un hombre de 92 años de edad.