Pastelitos Miriam saltó de la calle a cómodos locales en San Pedro Sula

Por varios años trabajó sola porque no podía pagar un empleado. Ahora tiene más de veinte bien pagados.

Los bocadillos se mantienen crudos para freírlos y servirlos calientes cuando el cliente los pide.
Los bocadillos se mantienen crudos para freírlos y servirlos calientes cuando el cliente los pide.

San Pedro Sula.

En un rincón del conocido negocio sampedrano Pastelitos Miriam, su propietaria guarda el rústico anafre en el que comenzó, hace 37 años, a cocinar sus famosos bocadillos.

Doña Miriam Rojas recordó aquellos inicios cuando instaló, frente a Autopartes Handal, una mesa y el anafre, sobre el cual colocaba la olla de peltre en la que freía sus pastelitos de harina rellenos de delicia. Los clientes se aglomeraban alrededor del anafre hecho con un rin de carro bajo un toldo de plástico que los protegía del sol y a veces de la lluvia.

Los de la municipalidad me quitaban a cada rato. Entonces andaba de un lado a otro con el anafre, que era lo único que tenía para cocinar los pastelitos”, recuerda doña Miriam.

Llegó a San Pedro Sula a la edad de 10 años proveniente de Santa Rosa de Copán. En 1983 creó su propio negocio, ya que su esposo ganaba poco dinero.

Dice que comenzó haciendo los pastelitos en la casa, solo para la familia, pero un día un amigo le encargó veinte que le pidieron en su empresa. “Les gustó y me pidieron más, entonces decidí lanzarlos a la venta”, recordó.

Se acostaba a las 12:00 am haciendo los pastelitos, que dejaba listos y dispuestos para tirarlos al aceite caliente al momento de venderlos. A las 4:00 am se levantaba para alistarse y luego abordar un taxi hasta el lugar donde instalaba su negocio. El mismo taxista le ayudaba a bajar el producto semielaborado, la mesa, la carpa, las ollas y el anafre. Al mediodía ya había terminado el producto, pero la jornada no terminaba allí, ya que luego tenía que ir al supermercado a comprar lo que necesitaría para los pastelitos que vendería al día siguiente.

Comenzó vendiendo solo pastelitos de pollo, carne y jamón con queso. Ahora tiene otras siete especialidades. Los bocadillos se aderezan con encurtido.

En ese tiempo, la libra de carne valía dos lempiras con cincuenta centavos, por eso podía vender los pastelitos a cincuenta centavos cada uno; sin embargo, en estos dorados tiempos una libra de buena carne vale casi cien lempiras, manifiesta doña Miriam, quien ahora es propietaria de tres establecimientos, en los que vende sus pastelitos con la misma calidad de hace 37 años.

El primero que instaló fue el del barrio Las Acacias, que administra personalmente. Ya no elabora los pastelitos, pero mantiene una estricta supervisión para que no pierdan el toque que ella les imprimió.

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En un rin de carro comenzó doña Miriam a cocinar los famosos pastelitos, que nadie ha podido igualar.

El establecimiento que está frente a la Universidad Privada y el de Jardines del Valle los manejan sus hijos, manifestó.

Aunque con el esfuerzo de sus 37 años logró formar un floreciente patrimonio familiar dice que nunca le pidió riqueza a Jehová, solamente “sustento y con qué cubrirme”.

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Los clientes esperan ver a la propietaria atender personalmente el negocio. Este es el del barrio Las Acacias, el primero que instaló.