24/05/2026
07:40 PM

Ser educador hoy

Salvo para quienes se dedican a la docencia porque no encontraron otra cosa en qué ocuparse o aquellos otros que se sienten 'obreros de la educación', no cabe duda que los que procuramos dedicarnos a la docencia con plena conciencia del oficio estamos convencidos de que ser educadores hoy comporta una enorme responsabilidad.

    Salvo para quienes se dedican a la docencia porque no encontraron otra cosa en qué ocuparse o aquellos otros que se sienten 'obreros de la educación', no cabe duda que los que procuramos dedicarnos a la docencia con plena conciencia del oficio estamos convencidos de que ser educadores hoy comporta una enorme responsabilidad.

    Implica, en primer lugar, querer a quienes tenemos la misión de formar, y digo esto porque desde la indiferencia es imposible educar. Es decir, si no se pone el corazón en los alumnos, si se no da uno cuenta de que puede hacer feliz o desgraciada a la persona que le ha sido encomendado formar, no se está capacitado para ostentar el honroso título de maestro. Si se abusa del cargo, si se ironiza, ridiculiza o humilla a los alumnos, debería estar uno en un rastro, por lo menos, y no en un aula.

    El perfil de la fiesta de los profesores, el Día del maestro, es hoy más bien modesto y no deja esto de ser curioso si se piensa en la trascendencia social que la tarea del magisterio tiene. Lo que pasa es que la relevancia que la carrera docente solía tener en la comunidad ha ido empequeñeciéndose en la medida en la cual los mismos profesores hemos ido perdiendo el sentido de nuestra profesión, hemos ido olvidando que no sólo estamos amueblando cabezas, y a veces ni eso queremos hacer bien, sino forjando personalidades, templando caracteres.

    Hemos olvidado que para educar hace falta poseer un 'eros pedagógico' y ejercer sobre los alumnos el encanto que produce el amor por la profesión, el gusto por ejercerla.

    Todos recordamos con especial cariño a algún profesor que dejó una huella alegre en nuestra vida, ese docente que tuvo la virtud de hacer fácil lo difícil, de tenernos paciencia cuando merecíamos un grito, aquel que estaba enamorado de su cátedra.

    También, desafortunadamente, tenemos el desagradable recuerdo del pedante, del maleducado, del irrespetuoso, del que parecía no tener conciencia de la dignidad de sus alumnos, de quien tenía madera de matarife y no de profesor. Ése que no merecía tener título de maestro y que se había 'colado' en la docencia, ése, por supuesto, no merece celebración, no es para él que se ha creado el Día del maestro.

    Para los demás, para los que, afortunadamente, son mayoría, aunque un poco tarde: ¡Felicidades, colegas!