Círculos del Poder Legislativo, coreados por comentaristas de radio y televisión, han estado enviando mensajes al pueblo sobre la posibilidad de un golpe de Estado para perpetuar en el poder al ciudadano Manuel Zelaya.
¿Hay posibilidades concretas de que esto ocurra o son meras formas, maniobras indecentes después de todo, para sacar adelante determinadas precandidaturas a punto de naufragar?
A la altura de nuestro tiempo no hay espacios para el golpe de Estado; ni siquiera los militares poseen voluntad de consumarlo, a menos que la orden venga del Pentágono, lo cual es cosa distinta; tenemos capacidad para avanzar por la vía del civismo por dura que sea la tormenta.
Si Manuel Bonilla a comienzos del siglo pasado metió la Policía al Congreso para que capturara a 'terciazos' a los diputados opositores, esto ahora es imposible, y ningún presidente, por irresponsable que parezca, puede estar pensando en incursionar en los peligrosos vericuetos del asalto a las instituciones.
Suazo Córdova intentó un golpe de Estado y para ello movilizó a un grupo de diputados liberales, algunos todavía en el Congreso, pero el amago criminal no se consumó. El rechazo fue unánime; a trompada limpia los diputados constitucionalistas sometieron a 'los representantes' golpistas, mientras en la calle la gente respondía indignada. A pesar de los defectos que tenga nuestro sistema político, los balances funcionan; hay una empresa privada fuerte, un movimiento social dinámico, partidos políticos que aunque sus cúpulas tengan compromisos innobles, en su base mora el espíritu cívico, hay intelectuales y técnicos, periodistas y docentes, todos con gran capacidad de convocatoria como para defender en las calles, sin necesidad de liderazgos inventados, el régimen constitucional, y la posibilidad brindada por éste de avanzar en las conquistas sociales y políticas.
Las elecciones internas y las generales habrán de celebrarse en las fechas prescritas, no me cabe ninguna duda; las únicas fuerzas que pueden impedirlo son aquellas que, incapaces de medir las consecuencias de un accionar despótico y lesivo a la dignidad humana, desaten una profunda crisis social.
Pero esas fuerzas con capacidad para desatar tormentas, no son ni los 'ñángaras' que no llegan ni a una treintena, mucho menos los curas de El Progreso, tampoco los del 'combo de lambiscones'. Todo mundo sabe quiénes son y dónde están.