La llegada al poder del nuevo gobierno, producto del triunfo electoral alcanzado el pasado noviembre, debe constituir un puente entre el pasado autoritario y lo que está por suceder a partir de este año.
Más de lo mismo, que todo continúe igual pese a cambios cosméticos, resulta inadmisible e inaceptable. Deben ocurrir transformaciones genuinas en el arte y ciencia de gobernar una nación, sin intentar restaurar lo negativo.
Por el contrario, el pueblo hondureño anhela y espera un avance democrático que deje atrás tanto el autoritarismo como el populismo, ni extrema derecha ni extrema izquierda, erradicando la corrupción e impunidad, secretividad, ausencia en el rendimiento de cuentas, nepotismo, sustituidos por la apertura permanente con la ciudadanía, austeridad y probidad en la administración de las finanzas públicas, organizando un régimen de integración del recurso humano, con los honestos y capaces, cuya lealtad esencial radica con Honduras, no con poderes fácticos ni familias de élite.
El presidente Asfura tiene ante sí grandes responsabilidades como oportunidades de cara a sus compatriotas, tanto los que votaron a favor suyo como quienes lo hicieron por otros candidatos.
A su favor cuenta con amplios respaldos internos y externos: las fuerzas productivas de la empresa privada y las y los inversionistas, las federaciones obreras, colegios profesionales, jerarquías eclesiales, Fuerzas Armadas -que han reiterado su estricto apego a las funciones que les otorga la Constitución-, de la sociedad civil, los organismos de crédito para la readecuación de la enorme deuda adquirida por sus predecesores en el cargo.
No puede echar por la borda tal cúmulo de apoyos, por el contrario, debe recurrir a ellos de manera inteligente y constructiva.
Su personalidad lo favorece, caracterizada por su bonhomía, dedicación al trabajo desde su adolescencia, autodisciplina, trato cordial.
Por su parte, la oposición política debe actuar de manera constructiva, con propuestas realistas, factibles de ser implementadas previo consenso, actuando al unísono en función del bien común, no de intereses partidarios.
Un prudente y expectante compás de espera ha comenzado para iniciar la gradual evaluación de logros y limitantes, lo positivo y negativo de la nueva administración.
A partir de este 27, el lema debe ser manos a la obra, sin excusas ni demoras.
Empieza una reingeniería que todas y todos esperamos sea para el beneficio colectivo.
El apóstol José Martí lo dijo categóricamente: “La patria es ara y no pedestal”.