17/01/2026
06:59 PM

Tragedia en México

    A la larga lista de desgracias que han padecido los hondureños que por diversas razones se han visto obligados a irse del país y emprender el peligroso camino que los llevaría al norte, se suma ahora la tragedia ocurrida en las instalaciones del Instituto Nacional de Migración ubicado en Ciudad Juárez, en el mexicano estado de Chihuahua. Aunque las informaciones sobre el número de víctimas mortales y sobrevivientes son contradictorias, sí hay certeza de que son al menos trece los paisanos que en lugar de vivir el sueño americano han sufrido la pesadilla de perecer lejos de su familia.

    Hace falta haber perdido todo rastro de sensibilidad humana para mantenerse indiferente ante el drama, que no cesa, de hombres y mujeres, jóvenes y viejos, niños incluso, que han perdido toda esperanza de llevar una vida digna y exenta de peligros en la tierra que los vio nacer y se deciden por realizar un viaje que algunos concluyen con éxito, pero muchos otros no logran terminar.

    Asfixiados, ahogados, muertos de sed o a causa de mordeduras de serpientes o escorpiones en el desierto, asesinados por las mafias, cientos de hondureños han perdido la vida en la larga ruta que los lleva al río Bravo o a los otros puntos habituales de cruce hacia territorio estadounidense. Otros han llegado luego de haber sido explotados sexualmente, esquilmados por los traficantes de personas, atravesando mil y un padecimientos inimaginables.

    Las preguntas que a todos deben rondarnos son ¿cuándo va a terminarse esta desesperada huida de la patria que los vio nacer?, ¿en qué momento murió la esperanza de estos hondureños de criar a sus hijos, madurar y envejecer en Honduras?, ¿qué hacer para terminar de una vez con este drama humano que parece no tener fin y más parece empeorar con el paso del tiempo? Y ninguna tiene respuesta inmediata, pero, evidentemente, hay en esas respuestas elementos que no pueden faltar: miedo, amenazas, falta de oportunidades y hambre, por lo menos.

    Muchos, los que han podido, han tomado un avión para luego vivir irregularmente en España o Estados Unidos, sobre todo. Otros han aprovechado ofertas de trabajo o becas de estudio para trasladarse de manera definitiva a tierras extrañas, pero, independientemente de la manera en que se han ido, han optado por contribuir con su trabajo o esfuerzo al desarrollo y engrandecimiento de otras naciones. Y no basta con que nos lamentemos o nos dediquemos a repatriar muertos diligentemente, hay que poner los medios para que nadie se vea obligado a marcharse, para que los que así lo deseen puedan crecer y vivir con seguridad y dignidad en esta Honduras en la que hemos nacido.