Tiempo de reflexión y rectificación

Ninguno de los dos partidos políticos históricos está exento de culpas y responsabilidades. Ambos han ejercido el poder y han tenido oportunidades para afianzar un estilo de gobernar cimentado en la honestidad y la competencia

Tanto por conmemorarse la Semana Mayor, días de espiritualidad, como por los sucesos de carácter jurídico e institucional en curso, resulta altamente necesario el realizar un autoexamen por parte de todos, particularmente por quienes actualmente ocupan puestos claves en la administración pública en las ramas Ejecutiva, Legislativa, Judicial, así como en las cúpulas de los distintos partidos políticos.

El adoptar aires y poses triunfalistas resulta contraproducente. No es el momento de revanchismos, tampoco de saldar agravios de carácter individual, sí de ocasión propicia para apuntalar nuestra endeble arquitectura institucional, fortaleciéndola y ampliándola, bajo el entendido de que el aprendizaje en democracia es un proceso permanente y nunca concluido, sujeto a periódicas evaluaciones.

Ello requiere de cambios significativos en las relaciones entre gobernantes y gobernados. Nuestro pueblo desea -más democracia participativa y bajo escrutinio permanente-, rechaza las manipulaciones, los abusos de poder, la ausencia en el rendimiento de cuentas, la opacidad, los arreglos bajo la mesa.

Si se concluye que a partir de ahora se tiene carta blanca para actuar de espaldas a la ciudadanía, se esté cometiendo un gravísimo error, que más temprano que tarde pasará factura a quienes desean perpetuar el más de lo mismo; es decir, el estilo de conducción y gobernabilidad elitista, carente de ética y moralidad, en función del enriquecimiento ilícito, en negociaciones y arreglos con redes del crimen organizado y narcotráfico como medio propicio para el financiamiento de campañas electorales y lavado de activos.

Estamos ante la oportunidad de un nuevo principio en materia de gobernabilidad en que las reglas del juego ya no pueden ser las de siempre, de carácter vertical, autoritario, insensible ante los anhelos y aspiraciones colectivas.

Ninguno de los dos partidos políticos históricos está exento de culpas y responsabilidades. Ambos han ejercido el poder y han tenido oportunidades para afianzar un estilo de gobernar cimentado en la honestidad y la competencia. Salvo excepciones, han actuado más en términos personalistas, caudillescos, egoístas que en función del bien común.

Tampoco los emergentes han sabido responder a las expectativas renovadoras que de ellos se esperaba: se han acomodado al “statu quo”, aliándose con él para obtener cuotas de poder y afianzar alianzas coyunturales para beneficio de sus directivos antes que de las bases. Y el que fue favorecido en 2021 con la mayoría de votos electorales, otorgándole la confianza ciudadana, resultó un total fiasco, al cometer exactamente los mismos yerros que sus predecesores políticos: nepotismo, continuismo, autoritarismos, corregidos y aumentados.

Llegó el momento en que el pueblo le retiró respaldo y confianza y aun así su cúpula ha sido incapaz de pedir público perdón a la hondureñidad por haberle fallado de manera ignominiosa. Hoy, la coyuntura es propicia para iniciar un recorrido y trayectoria radicalmente distinta a la hasta hoy transitada.

¿Existirá suficiente patriotismo y visión para abandonar para siempre el manejo y conducción de los destinos nacionales? El pueblo ha dicho basta y rechaza la continuidad que tanto daño ha provocado a las distintas generaciones durante ya más de doscientos años de independencia, defraudando a los próceres forjadores de la república.

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