La historia es contundente: no ha habido país alguno que haya logrado despegar hacia el ansiado desarrollo si primero no ha sufrido una revolución educativa. Los casos de China, España o Taiwán son más que elocuentes. El tránsito de una sociedad semirrural a una tecnológica, de una productora de materias primas a la de transformación en bienes de consumo acabados, solo es posible si la población no solo ha dejado de ser analfabeta, sino que ha sido dotada de unas competencias que le permitan acceder a niveles superiores de conocimiento que los capaciten para trasformar el entorno y dar un salto cualitativo notable.
En el caso de Honduras, aunque los distintos Gobiernos han intentado destinar parte importante del presupuesto nacional al sector educación y han logrado importantes avances en cuanto a cobertura geográfica, poco se ha logrado, por lo menos en el sistema público, en cuanto a la calidad de los aprendizajes y el desarrollo de competencias tecnológicas.
Encima, preocupa la lentitud con que se lleva a cabo la contratación de docentes, porque, a estas alturas del año, todavía hay niños que no han comenzado su año lectivo por falta de docentes en sus centros escolares. Y, preocupa ahora más, que las organizaciones magisteriales están denunciando irregularidades en la contratación de maestros, ya que lo peor que podría pasar al sistema es que debido a estas irregularidades exista el peligro de una paralización temporal a causa de asambleas informativas, paros o huelgas.
Llevamos un notable rezago en el sistema educativo, la pandemia nos dejó una deserción que todavía no sabemos cómo solucionar, la inversión que debe hacerse en la reparación de las instalaciones de escuelas y colegios es millonaria. Lo menos que pueden hacer todos los sectores es un pacto por la educación nacional, que sea respetado por todos y que le dé prioridad a lo que de suyo es prioritario.
Junto con Nicaragua y Guatemala seguimos a la cola en la región. Aunque sea por un sano orgullo patriótico, todos debemos poner los medios para salir de esa posición incómoda. Los niños de Honduras merecen que los que somos responsables de su futuro, y de eso no solo lo es el Estado, dediquemos nuestros mejores esfuerzos para construir un sistema acorde con las exigencias del contexto actual. Como tantas veces se ha dicho, no podemos seguir educándolos para un mundo que ya no existe. Es el momento de tomar decisiones en favor de esos hondureños de hoy y de mañana.