Una vez más los hondureños depositamos en las urnas una de las poquísimas veces, quizá la única cada cuatro años, la expresión personal de la voluntad participativa. De ahí en adelante, con alto grado de responsabilidad, esa participación se convierte en representación, que en la mayoría de los ciudadanos es olvido y hasta desconocimiento de quienes nos dirigen, particularmente en el Congreso, cuyos miembros en otros países son la genuina voz del pueblo, pero nuestro sistema presidencialista conduce o se hace conducir todo hacia una persona.

En síntesis, utilizamos la expresión clásica “alea jacta est”, locución latina atribuida a Julio César al cruzar el Rubicón en su ruta hacia las Galias, “la suerte está echada”. El diccionario de la RAE señala que se usa para indicar que en determinadas situaciones ya no es posible volver atrás. Para nosotros, más que calificar la jornada de ayer, es urgente y necesario dirigir la mirada y enfilar todas las fuerzas hacia el mañana en la andadura difícil y sacrificada del pueblo hondureño.

Los desafíos no solo son descomunales, sino que se han multiplicado, exigiendo una tarea sumamente compleja y delicada. Ahora, más que nunca, necesitamos confluencia operativa de todos y con ella estratégicas y sólidas barreras contra la violencia y la impunidad, de manera que se haga realidad aquello de que la justicia es ciega, no mire caras ni bolsas de quienes llegan.

El pueblo, que una vez más ha llegado a las urnas con mucho sacrificio, merece, no de palabra, sino de hecho, atención prioritaria a sus múltiples necesidades con el saneamiento de la administración del Estado, fortalecimiento de las instituciones públicas y eliminación de favores e influencias que tienen su imagen más deleznable en la corrupción.

Si a esta bandera unimos salud, educación y empleo habremos encarrilado el tren de alta velocidad hacia un futuro, con logros ya en el presente, y mejor destino para las generaciones venideras, a las cuales estamos vedando recursos y creando compromisos con deudas a pagar en décadas. Ordenamiento racional en las instituciones públicas, sustancial reducción en la burocracia y honesta administración de recursos bastarían para visualizar no una utopía, sino un país en paz.

Sobre los partidos políticos, columnas de la democracia, recae una gran responsabilidad, pues son ellos quienes deben contribuir a cumplir el anhelo de los hondureños, hoy en entredicho por el profundo abismo abierto entre la conducta de los políticos y las necesidades de la población. “La suerte está echada”. No queda más que poner ganas, inteligencia, compromisos y cumplimiento para mejorar la ruta y llegar a la meta, progreso y bienestar.