Luego de haber subido, hace ya once meses, la cuesta de enero y de haber vivido la escasez de agua en la capital durante los primeros cuatro meses del año o los desastres causados por las lluvias en distintos puntos de la geografía nacional en los meses subsiguientes, llega el mes más esperado del año. Un mes anhelado por hombres y mujeres de todas las edades, porque, además de mayor existencia de circulante, de mayor movimiento comercial, y, por lo tanto, de cierto respiro para la complicada economía nacional, los cristianos, que somos aplastante mayoría en este país, nos preparamos para celebrar la fiesta religiosa que más no conmueve y más nos une, el nacimiento del Salvador del mundo.

Ya desde noviembre, si no es que desde unas semanas antes, las manifestaciones externas de la festividad comienzan a asomar: árboles de navidad a la venta, luces multicolores en los negocios, la presencia de imágenes y personajes que, con el tiempo, se han ido asociando con la Navidad, de modo que, poco a poco, se va generando un clima muy particular que parece cargado de optimismo y de alegría.

Resulta curioso que, aunque la magia de la temporada no resuelve los múltiples problemas que enfrentan los individuos y la sociedad entera, hay una intención tácita generalizada de dejar la búsqueda de soluciones para más adelante, para enero, para el año entrante, una vez comience. Se produce así, un paréntesis que no deja de ser saludable; un relajarse de las tensiones que nos enfrentan en diversos aspectos y que nos dividen como familia hondureña que somos todos.

Quiera Dios que este mes, en el que parecemos mejores y más buenos, podamos reflexionar sobre el clima de permanente confrontación en el que viven pequeños grupos que, no obstante su insignificancia numérica, producen confrontación y promueven el odio entre personas y entre grupos de este mismo país. Ojalá que, con los ojos puestos en el nacimiento del Hijo de Dios, todos aquellos que se dedican a pronunciar discursos de odio, desde la redes sociales o ciertos medios de comunicación, hagan un alto en su nefasta ocupación y trabajen en pro de la verdadera reconciliación y del encuentro armónico entre hermanos.

Comienza diciembre, y los aires que suelen soplar, ordinariamente frescos, menos agobiantes, deberían infundir en la mente y en el corazón de todos los hondureños, sentimientos de paz, de concordia, de alegría, de espíritu cristiano.