Hay quienes no confían, quienes rechazan, quienes mueven teclas en las redes sociales, apelan a ideologías, creencias y hasta sectarismo político para mantener una radical negativa a recibir la vacuna contra el covid. “Definitivamente con la vacuna se ha visto una reducción de la enfermedad”, expresa alguien que no labora estadísticas, sino que trabaja, desde el inicio de la pandemia, al frente de los centros de triajes del Instituto Hondureño de Seguridad Social. También el viceministro Consenza confirma: “Se ha visto que la vacuna es realmente efectiva cuando se aplican las dos dosis”.

Desaparecieron las filas para entrar y recibir atención. Sobran sillas, pero, lo más saludable es que la disminución del número de pacientes va acompañada en ellos de síntomas leves atendidos de inmediato sin necesidad de hospitalización, mucho menos de ingreso en la Unidad de Cuidados Intensivos.

Vistos los resultados no hay otra que multiplicar los agentes de vacunación, generar y desarrollar estrategias para estar cerca de la población y crear conciencia en los hondureños que los niveles de riesgos, el fortalecimiento de la salud individual y la defensa de la vida de todos se halla en la inmunización colectiva para reanudar “una medio normalidad”.

En algunos países ya han comenzado a apretar las tuercas. Obligación, vacunarse y portar el carné de vacunación para realizar actividades diarias, incluso en el campo laboral. El derecho a la libertad personal que ha sido reconocido en tribunales norteamericanos choca con el derecho a la vida de todas las personas, puesto en peligro al alternar, convivir o trabajar con quien puede ser portador asintomático del virus. Es necesario alcanzar la “inmunidad de rebaño” para tener algo de tranquilidad, aunque la protección no estará de sobra.

A una sola voz con esperanza convincente habrá que gritar: ¡A vacunarse! Tarea que no tiene más color que la salud y la vida de todos. Las estrategias desplegadas no han rendido lo necesario. Mucho se ha avanzado y la evidencia es irrefutable, pero es necesario ir más allá, llegar a lugares donde les resulte más difícil a la población acercarse e incorporar a las autoridades locales para animar a los ciudadanos, alejar el miedo o la animadversión con color, pues el único temor debiera ser la indefensión ante el virus.

Es triste, gran desgracia, ver cómo personal destinado a la vacunación se sostiene la quijada a la espera de personas que inicien, completen o refuercen el proceso de inmunización. Hay vacunas y como dicen las abuelas, “es un pecado tirar la comida”. Es gran pecado que las vacunas se venzan.