11/05/2026
12:01 AM

Desteñidos los colores

Hay días en donde la tonalidad cromática se pierde. Todos los caminos surcados por el pensamiento apuntan a la misma dirección, nos conducen al mismo sitio, por atajos, por senderos, el destino final es idéntico. Cada hora se carga de más minutos y las horas entonces parecieran interminables. Da la impresión que se vive más en días alargados por el aletargamiento. No hay plática capaz de anclarnos, como para poder entenderla o meternos a ella y aportar siquiera algún retazo personal, es como si el entendimiento hubiese desaparecido.

    Hay días en donde la tonalidad cromática se pierde. Todos los caminos surcados por el pensamiento apuntan a la misma dirección, nos conducen al mismo sitio, por atajos, por senderos, el destino final es idéntico. Cada hora se carga de más minutos y las horas entonces parecieran interminables. Da la impresión que se vive más en días alargados por el aletargamiento. No hay plática capaz de anclarnos, como para poder entenderla o meternos a ella y aportar siquiera algún retazo personal, es como si el entendimiento hubiese desaparecido.

    No sé qué se espera de la vida en ese momento. Hasta los sabores desaparecen y con los sabores, los olores porque se instalan todas las inapetencias. Ocurre algo así como un secuestro del gusto por lo cotidiano. Se pasa por las catedrales del placer gastronómico y no hay signos vitales que se despierten pese al ardor alarmante justo atrás del ombligo, y que además es señalado por una serie de luces rojas encendidas en el cerebro que al principio no cesa de dar órdenes para que se satisfaga a ese amo despótico que es el estómago. Luego, el imperio estomacal cae rendido ante la ausencia de información.

    Se abre la computadora, se enciende, surge la fotografía del escritorio de la máquina puesta ahí con tanto cariño y no es capaz de avivar el espíritu. Internet aparece a disposición, el temor penetra de inmediato y hay un punto en donde el mismo temor hace ver un pequeño fragmento del miedo de no hallar nada de lo esperado o encontrar algo parecido a la hiel misma. Se escribe el pasaporte para ingresar al correo, un cliché da la bienvenida, luego una fórmula indica tantos correos sin leer. La desesperanza multiplicada surge al ver un cero dibujado como cantidad de e-mail sin leer, y se repite la frase novelesca: el coronel no tiene quien le escriba.

    Las calles sin rostro dejan ver un vacío impresionante. Las palabras emitidas y las escuchadas se tornan ruidos, no se asiste a ningún lado por la frialdad que se encuentra en cada travesía de lugares visitados. Una carga de insospechado peso hunde los hombros, vuelve pesadas las piernas y con casi la necesidad de tomar con las manos cada una de ellas para dar el siguiente paso; es como subir una colina de inagotables escalones. Se lograr percibir lo enrarecido del aire y desaparecen las cargas emocionales ajenas.

    El trabajo es trabajoso al grado de no generar expectativa alguna en las prolongadas 12 horas diarias de faena. La innovación, la creatividad, los toques almibarados se esconden, huyen despavoridos ante la reversa cerebral. El ambiente deja de serlo y la hosquedad termina reinando en el más sórdido de todos los reinos. Las noches llegan con el mismo color del día, las noches de luces apagadas, las noches sin lunas, sin el relajante somnífero de las horas transcurridas, las noches del descanso se perciben del hastío.

    Hay días en donde la tonalidad cromática se pierde. En esos días una ventana se abre para mostrar lo desconocido, el atajo de la caída. La angustia parece terminar ahí, en ese laberíntico lugar del retorno. En ocasiones no se logra percibir la llegada del color de las flores del macuelizo porque la agresividad del entorno y de los entornadores envuelve y apachurra. El ánimo sin el mínimo de ánimo, el grito angustiante se deja escuchar a diario cuando se camina en la desesperanza. ¡Vaya días!