Vivimos en un mundo lleno de ruidos, de prisas, de faenas... en el que lo externo nos moviliza, haciéndonos creer que es lo único que existe a nuestro alrededor. Si queremos aprender a vivir de manera consciente en el lugar donde estamos, necesitamos escucharnos en lo más profundo, ponernos a la escucha de lo que sucede en el interior de nosotros.
Podríamos decir que nos ha llegado el momento de VOLVER A CASA, de hacer el camino de regreso a nuestro interior y centro, de volver de fuera e ir adentro de nuestro ser. Quizá tengamos que aprender a desprogramarnos del reloj. ¿Cómo? Haciendo lo mismo de todos los días, pero más conscientemente, con el cuerpo serio y atento al presente.
Ahora que iniciamos un nuevo año es un buen momento para entrar en nosotros y concedernos el espacio necesario para acoger la vida que acontece en nuestro interior.
Parece que las prisas o la cantidad de tareas que realizamos al cabo del día nos impiden estar plenamente allí donde estamos. Los ruidos externos o internos nos dificultan ser conscientes de lo que nos sucede. Si queremos aprender a orar, necesitamos hacer silencio dentro de nosotros.
Según el Equipo Proyecto Nudo, acoger la invitación de hacer silencio en nosotros es el mejor regalo que nos podemos hacer para saborear todo lo vivido. En el silencio encontramos sosiego, calma, paz, serenidad... lo necesitamos, pero también encontramos lucha porque nos enfrenta a lo que somos realmente. El silencio exterior puede ser más fácil de hacer que el silencio interior: este es más difícil de conseguir, hay que buscarlo, favorecerlo. El silencio nos abre a la experiencia de dejarnos mirar por Dios.
Para iniciarnos en este camino de oración es necesario ejercitarnos en hacer un silencio que nos ayude a gustar de Dios y a descubrir que Él se nos regala. Tenemos que recordar que el silencio es lugar de la presencia del Amigo que desea encontrarse con nosotros, que nos nombra a cada uno, que nos ama como somos. El silencio nos ofrece una nueva perspectiva de lo que miramos, de lo que oímos y de lo que proyectamos en nuestra vida.
Debemos descubrir la importancia del silencio para orar. Busque un momento del día en que pueda parar, haga silencio dentro de usted y escuche su respiración, respire amor en ese movimiento de inspiración y de espiración que tan rutinaria e inconscientemente realiza. Pídale a Dios que le conceda el don de hacer silencio para estar con Él, estando a la vez con usted, con todo lo que es y con el resto de la humanidad que respira con usted.
Ahora que ya ha hecho su propia práctica de ESTAR deténgase un poquito más y escriba lo que ha vivido, escuche sus sentimientos. Reconozca cómo ha pasado Dios por su ser, por su vida. Agradezca la experiencia y repítala para que Él le ayude a ESTAR DONDE ESTÁ en cada momento.