23/04/2024
08:29 AM

Vivir la experiencia

Roger Martínez

El empirismo primero y el materialismo después alejaron a los hombres y a las mujeres de la práctica religiosa y, por ende, de todo lo que tiene que ver con las realidades espirituales. Algunas de las manifestaciones de la vida de fe se convirtieron, por ejemplo, en puro folclor, se vaciaron de contenido o se sustituyeron por actividades paralelas. Las ferias patronales, para el caso, se transformaron en festivales, la Semana Santa en verano del año correspondiente y las iglesias en sitios de interés turístico sin referencia a su naturaleza sacra.

Los calendarios, incluso, han dejado de comenzar la semana en domingo, “dies dominicus”, día del Señor, para comenzar el lunes y así olvidar que el primer día es aquel en el que Dios descansó de su obra creadora o en la que resucitó el Señor, y hacerla parte del fin de semana, en el que lo que cuenta es el descanso y la diversión, y en el que la fe juega un rol marginal.

Este vaciado de la naturaleza y origen de las fiestas religiosas es muy notable también en Navidad. De hecho, de manera deliberada se ha sustituido la felicitación por la Navidad por un “felices fiestas”, y, más que a los nacimientos, los belenes o los pesebres, se da prioridad a todos aquellos personajes que, a lo largo de los años, se han asociado a la fecha, pero que no tienen ninguna relación con aquel Niño que nació en la primera Navidad, que partió la historia en dos y que revolucionó al mundo entero.

Claro, la Navidad puede vivirse como un evento externo, que no repercute en el interior de la persona y que pasa sin dejar huella. Si acaso quedan un cansancio enorme, producto del exceso en las comidas y las bebidas o por el trajín de las compras, unas libras de más y más cuentas por pagar.

Pero lo óptimo es vivir la experiencia de la Navidad con el sentido original, aquel que nos permitirá ser mejores personas, crecer por dentro y orientar la brújula de nuestras vidas. Para eso hay que ir a las fuentes: leer lo que las sagradas escrituras nos narran sobre el hecho y meter cabeza a las escenas. La reflexión sobre esos eventos, acaecidos hace más de 2000 años, pueden movernos a ver las cosas desde otra perspectiva y a entender por qué el nobel ruso de literatura Solzhenityn decía que el sonido de las campanas nos hacía recordar que ya podemos caminar erguidos.