“El Espíritu del Señor está sobre mí; por lo cual me ha ungido para predicar la Buena Nueva a los pobres. Me ha enviado a proclamar libertad para los presos y recuperación de la vista para los ciegos, a soltar a los oprimidos y a proclamar el año de gracia del Señor”. Lc. 4:18-19 “El Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos”. Mat. 20:28
Jesús se humilló para elevarnos a todos hacia Dios. El cambió el futuro de su pueblo. Nos regaló nuestra liberación. Siendo Dios se rebajó hasta ser servidor de todos, y lo hizo lleno de compasión y amor hacia la raza humana.
En Adviento nos preparamos para la venida de Jesús, para seguirle, para imitarle, para seguir al amor, para corresponderle cuando nos invita a ser discípulos suyos, cuando nos llama por nuestro nombre porque somos importantes para El.
Hay tres personas de aquella época del Evangelio que revelan cada uno un aspecto distinto del discipulado y presentan un ángulo diferente del amor de Dios para su pueblo: José, María la madre de Jesús y Juan el Bautista. Los tres vivieron el mandato de Cristo, estuvieron sujetos a la obediencia inmediata sin titubear y fueron sumisos a la voluntad del Padre. Como estos tres discípulos, todos nosotros podemos ser también discípulos suyos; no pensemos que los discípulos son solo unos cuantos escogidos. Cada uno es capaz de experimentar, de vivir en mayor o menor grado el amor, la ternura, el cariño, la preocupación del Hijo de Dios. Deberíamos tratar de ser amigos de Cristo, permaneciendo cerca suyo para escucharle, para entregarnos a sus deseos, para ser fieles en los actos de nuestra vida, para que el poder del Espíritu Santo se manifieste en nosotros por el amor a los demás, por el gozo y la paz que reflejamos.
Para empezar a vivir este Adviento con la gracia del Espíritu Santo, hemos de cambiar aspectos negativos de nuestra vida que no contribuyen para mejorar nuestra vida cristiana, nuestra madurez espiritual: ¿Estamos dedicando suficiente tiempo al trato con el Padre? ¿Cómo está nuestra dedicación a la oración, escucha, meditación, estudio de la Palabra? ¿Considera usted que es suficiente? ¿Cree usted que tiene una buena comunicación con Dios? Y con los parientes,
¿Cómo atiende a su esposa (o), hijos, padres, hermanos? ¿Está tratándolos con mayor afecto y muestras de cariño de lo que generalmente hace? ¿Existe mayor comprensión entre esposos? ¿Hay menos pleitos entre padres e hijos? ¿Se han acordado de los ancianos, los olvidados de la familia, los pobres, los marginados?
El mensaje de amor es el corazón del evangelio y el amor se demuestra dándonos a los demás, como lo hizo Jesús que dio su vida por nosotros. No rechacemos en este tiempo especial de Adviento y Navidad, en este tiempo de seguir al amor, la oportunidad de demostrarle cómo lo amamos, preocupándonos lo más que podamos y hasta que duela de los pobres y olvidados...