20/03/2026
02:13 PM

Valor inmutable

Jibsam Melgares

Cierto conferencista empezó su seminario levantando en alto un billete de quinientos lempiras. “¿A quién le gustaría tener este billete?”, preguntó. Muchas manos se levantaron en la audiencia.

“Voy a darle estos quinientos lempiras a uno de ustedes, pero primero déjenme hacer esto”, dijo, y procedió a arrugar el billete. “¿Quién lo quiere todavía?”, volvió a preguntar. Las mismas manos se agitaron en el aire. “Bueno”, replicó. “¿Y si hago esto?”. Tiró, entonces, el billete al piso y comenzó a restregarlo con el zapato. Luego lo levantó, todo arrugado y sucio. “¿Quién lo quiere todavía, aun estando en esta condición?”, inquirió nuevamente el conferencista. Otra vez se agitaron manos en el aire.

“Todos hemos aprendido hoy una valiosa lección”, dijo el orador. “A pesar de lo que hice con el dinero, ustedes lo quieren porque su valor no disminuyó. Todavía vale quinientos lempiras. En la vida muchas veces caemos, nos arrugarnos y nos revolcamos en la inmundicia por las decisiones que hemos tomado. Seguidamente sentimos como si no valiéramos nada. Pero a pesar de lo que haya ocurrido, o de lo que ocurrirá, nunca perderemos nuestro valor ante los ojos de Dios. Sucios o limpios, arrugados o nítidamente doblados, somos invaluables para Él”.

Dice Pablo en Romanos 5.6-8, “Pues cuando nosotros éramos incapaces de salvarnos, Cristo, a su debido tiempo, murió por los pecadores. No es fácil que alguien se deje matar en lugar de otra persona. Ni siquiera en lugar de una persona justa; aunque quizás alguien estaría dispuesto a morir por la persona que le haya hecho un gran bien. Pero Dios prueba que nos ama, en que, cuando todavía éramos pecadores, Cristo murió por nosotros”.

Qué gratificante es saber esto, que, sin importar cuán arrugados o sucios nos sintamos, nuestro valor permanece intacto. Valemos los suficiente como para que Dios mismo se encarnara y diera su vida en lugar nuestro, con el fin de dispensarnos esa vida y así pudiéramos romper con el ciclo de autodestrucción y sufrimiento que muchas veces nosotros mismos nos hemos procurado. Tú vales, solo déjate amar por Dios.