31/03/2026
12:00 AM

Todas las Rusias

  • Actualizado: 19 septiembre 2013 /

El presidente ruso, Vladimir Putin, ha dado una clara demostración de cómo usar el poder, o mejor, los poderes, para lograr una victoria por knock-out en política. Poder de veto en el Consejo de Seguridad, de amedrentar a la opinión pública, de tener claros intereses y aliados y del temor imbuido en la mera palabra “Rusia”.

En la crisis de Siria, mientras Occidente vacilaba y vacila, ya más de dos años a luz del genocidio que Bashar al Asad comete contra su pueblo, Putin, con el absoluto desdén por las víctimas que dicta el realismo en relaciones internacionales, ha defendido a capa y espada a su protegido, otorgándole el paraguas diplomático en la ONU, a través del veto que Rusia heredó de la Unión Soviética, para evitar resoluciones sancionatorias contra Damasco.

Contrario a lo que se ha dicho repetidamente, no estamos ante una reedición de la Guerra Fría, donde la filosofía imperante era el “juego de suma cero”, sino ante una política rusa asertiva que no es enemiga de Occidente sino amiga de Rusia, un país con historia de potencia imperial que en los años de los zares participó activamente en la diplomacia secreta que forjó los estados nación con sus distorsionadas fronteras en Oriente Medio.

Rusia no tiene la capacidad de ser el ancla del sistema internacional, como sí la podría tener Estados Unidos por su muy superior poder económico, diplomático y militar, pero sí ha sido un factor clave en erosionar esa ancla a través de una política instintiva de “dóberman”, cuidando “su territorio” y los accesos a él. La expansión de la OTAN hacia los antiguos satélites soviéticos a la caída de la URSS fue una provocación al “oso ruso”, el cual se levantó de su letargo con un fuerte aullido audible en los cuatro puntos cardinales. Cuando el presidente de Georgia trató de recuperar por la fuerza la soberanía de Osetia del Sur, los tanques y la aviación rusa lo aplastaron sin piedad. Anteriormente en Chechenia, Putin había aplastado con una política de “tierra arrasada” una revuelta separatista islamista, aniquilando a decenas de miles de chechenos, táctica que hoy usa en Siria su aplicado discípulo.

En una brillante pieza publicada en la página editorial del New York Times, Putin describe su política frente a Siria con una claridad meridiana mezclada con el cinismo propio de los políticos que olieron la sangre de sus víctimas, Obama en este caso. “En Siria no hay campeones de la democracia”, “una intervención armada solo causará más muertes civiles” y “el verdadero peligro son los islamistas radicales suníes”. Concluye su exquisita prosa invocando a Dios.

Putin salvó a Obama de un ataque que nunca quiso hacer. Si de paso logra que Siria desmantele su arsenal químico, también salva a Al Asad. Jugada completa para el nuevo zar de todas las Rusias. (El Espectador)