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Spanglish

  • Actualizado: 28 agosto 2013 /

Los latinos, y en nuestro caso los hondureños, que llegan a Estados Unidos de América -generalmente los de exigua o nula formación educativa- adquieren y aplican con rapidez los acentos y modismos de su nuevo entorno sociolingüístico, dependiendo del origen de este; si su gente próxima es dominicana, nuestra gente muy pronto está hablando como Johnny Ventura, Wilfrido Vargas. Las tonalidades de voz más atrapadas e imitadas por los hibuerenses (como dice don Armando García, el Negro) son las de los mexicanos, puertorriqueños, cubanos y dominicanos. Eso da lugar a que en el exterior muchos de nosotros carezcamos de identidad nacional, pues al final de cuentas nadie determina de dónde somos porque sencillamente imitamos, parodiamos o falsificamos modelos culturales extraños a nuestra idiosincrasia. Sí es normal, correcto y aceptable que las personas reconozcan y -cuando sea necesario- apliquen los regionalismos de la lengua del país hispano adonde llegan para entrar en sintonía con sus interlocutores y evitar embrollos de interpretación. En Nueva York, la comunidad latina más grande es la dominicana (también es uno de los grupos considerablemente penetrados por el mimetismo lingüístico inglés, aunque mantiene indemne su tonalidad lingüística); posee infinidad de regionalismos: popote, coroto, greca, juetazo, casco, granos, guapo (como equivalentes de pajilla, cosas viejas, cafetera, golpe violento, cabeza, testículos, enojado) son algunos de los tantos vocablos sui géneris de los dominicanos.

En este planteamiento es fundamental reflexionar sobre el “spanglish”, definido como la interacción anárquica del inglés y del español en un coloquio, generalmente oral; y otra variante es la acomodación distorsionada de palabras del inglés en el castellano con el fin de españolizarlas. Este es un fenómeno muy propio de cualquier lengua sometida frente a otra que se impone; en consecuencia, tiene sus conminaciones para la estabilidad normal de cualquier idioma subyugado.

El problema nuestro es con los latinos (en especial los hondureños, y no con todos) que son miles los que por tener altos grados de analfabetismo han arribado con un español endeble, pobrísimo y casi siempre con marcadas deformaciones fonéticas, morfológicas, sintácticas y semánticas. Estos compatriotas acaso por identificarse con el medio social circundante comienzan a repetir palabrejas, que en muchas ocasiones son degeneraciones del inglés con reflejas intenciones de colocarlas en el léxico castellano. Observemos aquí algunos de los tantos ejemplos: Vamos a la “londri”, de laundry: lavandería de ropa. Se me dañó el tro, de truck: camión. Páseme dos “castañas”, de cast iron: tubos de hierro colado. Trabajo de “chismero”, de sheet metal: láminas de metal. Pagué los “biles”, de bills: recibos. Ya compré las “fornituras”, de forniture: muebles de sala y cuartos. Ese carro no tiene aseguranza, de insurance: seguro de vida, daños, médicos, de accidente. A pesar de todo, se puede asegurar que del espanglish podrían surgir dialectos (como los que originó el latín) y al final nuestro castellano podría generar una lengua solo acaso nieta del español actual. Mientras tanto, dejemos de aceptar tanto “spanglish”, pues unificar y reforzar la lengua española es mantener nuestra cultura e identidad nacionales.