Soberbia

Cuestionamientos al manejo del Merendón reavivan el debate sobre la protección ambiental en San Pedro Sula y el papel de la municipalidad en la defensa del recurso hídrico

  • Actualizado: 26 de mayo de 2026 a las 00:00 -

Dice nuestro alcalde que quienes señalamos lo que pasa en El Merendón somos unos idiotas que jamás lo hemos acompañado a apagar un incendio o sembrar un árbol.

Ese es el discurso de alguien irritado porque la gente dejó de aplaudirle y con ese arrebato verbal, digno de quien gobierna con el hígado, Contreras intenta desviar la atención de lo verdaderamente importante: la montaña que nos da agua a todos los sampedranos se está perdiendo bajo su mirada complaciente, y eso no se borra con insultos, como si el problema fuera la crítica y no el deterioro visible del bosque.

Y no, alcalde: El Merendón no es propiedad de su administración ni de su ego. La gente no necesita permiso suyo para indignarse.

Mientras el alcalde se deshace en excusas, las denuncias con fotos de maquinaria pesada abriendo trochas e invadiendo la zona de reserva evidencian que los controles de la municipalidad fallaron por completo.

A Contreras no lo elegimos para andar con un azadón buscando aplausos; lo pusimos ahí para supervisar y aplicar la ley con severidad.

Ir a sembrar un arbolito para salir en los medios no borra la enorme irresponsabilidad de permitir que destruyan hectáreas completas de bosque.

Además, el edil asegura que cualquiera que alce la voz lo hace por “notoriedad política”. Se equivoca rotundamente.

Señor alcalde, entienda de una vez por todas que defender El Merendón no es una estrategia de campaña ni un trampolín electoral; es un acto de pura supervivencia hídrica para San Pedro Sula.

No necesitamos un carné político ni aspirar a una diputación para exigir cuentas sobre el recurso que abastece nuestros hogares.

Dice que no hablemos “pretendiendo saberlo todo”.

No sea soberbio, alcalde. El pueblo sampedrano no necesita saberlo todo para exigir transparencia.

Vemos el avance descontrolado de los proyectos, vemos la amenaza de centralización que viene desde Tegucigalpa y vemos su incapacidad para plantarse firme.

No es ignorancia pedirle que haga su trabajo; ignorancia es creer que la población es ciega.

Administrar esta ciudad exige pantalones y auditorías severas, no berrinches ni insultos.

Gobernar no consiste en exigir gratitud, consiste en rendir cuentas.

Y cuando una ciudad empieza a temer por su agua, el deber de un alcalde no es burlarse de quienes preguntan. Es responderles.

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