Las relaciones exteriores de un país son una actividad gubernamental relevante. Es en los ministerios de relaciones en donde se afianzan los procesos de reconocimiento con otros países, se fortalecen la amistad y la cooperación, se firman protocolos y tratados para la ayuda mutuamente ventajosa y se toman las decisiones más trascendentales relacionadas con los negocios estatales con pueblos amigos.
Una buena política de relaciones exteriores casi siempre conduce a establecer amistad con otros pueblos y gobiernos en la busca del entendimiento, la solidaridad, la cooperación y el respeto de los principios de la ley internacional establecidos por la ONU.
Por declaraciones en la prensa nacional deduzco que Honduras acepta continuar las relaciones con la República Popular de China (RPCH). El establecimiento de este reconocimiento mutuo pasaba por la ruptura de relaciones diplomáticas con la República China de Taiwán porque la RPCH, la ONU y la mayoría de los países consideran a Taiwán como una provincia de China Continental en rebeldía.
Los puestos en la ONU representativos del pueblo chino los ejerce el gobierno de la RPCH y solo quedan menos de doce empecinados en reconocer a Taiwán, mediante relaciones que generalmente se mantienen gracias a las presiones que Estados Unidos ejerce, a pesar de que Estados Unidos reconoce a la RPCH y el principio de una sola China.
Lo he repetido: las relaciones con Taiwán eran anómalas, eran el producto de repetidos actos de chantaje por parte de Honduras hacia los taiwaneses. Una situación poco ética para Honduras. Si Taiwán no accedía a las peticiones de los catrachos amenazaban con romper relaciones diplomáticas y reconocer a la RPCH. Por esa razón, el establecimiento de relaciones diplomáticas con China fue un evento legítimo para la vida nacional.
Luego vinieron los tratados de cooperación que pusieron y pondrán, en el devenir, a la disposición de Honduras recursos sin condiciones y con el reconocimiento de la soberanía nacional. No es lo mismo tener relaciones con un país que no tiene reconocimiento internacional ni de la ONU a ser amigo de una gran potencia que se compromete a respetarnos y apoyarnos en nuestro rumbo hacia el desarrollo.
He oído decir a personeros del Gobierno que Estados Unidos es nuestro mejor amigo y principal socio comercial. Esto de mi mejor amigo lleva frecuentemente a los adolescentes a la desilusión, cuando la mejor amiga de una chica, por ejemplo, le arrebata el novio. En las relaciones internacionales no podemos matricularnos en la amistad y el comercio con un solo país porque nos puede pasar lo de la adolescente con su mejor amiga, pues en las relaciones internacionales puede prevalecer el interés económico, geopolítico, comercial, el irrespeto a la soberanía y el mismo chantaje que Honduras ejercía con Taiwán.
Yo no digo: tengamos a Estados Unidos como enemigo, por el contrario, vayamos en busca de amigos y no de enemigos. No podemos poner todos los huevos en un solo canasto porque sabemos que eso puede ser catastrófico. En cambio, si diversificamos nuestras relaciones con la mayoría de los países en base al respeto mutuo tenemos mejores oportunidades de lograr la colaboración no basada en condiciones inaceptables y que atenta contra la soberanía nacional y el principio de autodeterminación e independencia, como ocurre con la doctrina Monroe. La historia nos ha dado valiosas y duras experiencias.
Por eso, Honduras debe fortalecer también las relaciones con Cuba, país al que debemos su gran solidaridad. No podrá el Gobierno sustituir la ayuda cubana en las clínicas oftalmológicas y de los brigadistas en los hospitales y en los centros de salud, sin poner en precario el respaldo porque no contamos con los profesionales especializados. Expresarse sin altura, con mentiras y con desprecio contra Cuba, como lo ha hecho un alto personero del Congreso, porque el Gobierno no coincide ideológicamente con la isla, no conduce a la profundización de la amistad con un pueblo sometido al bloqueo por más de 70 años y al cual también Honduras ha brindado su solidaridad política en la Asamblea General. Lo mismo puede decirse de las relaciones con Venezuela.
Ni Cuba ni Venezuela nos han hecho daño ni son amenaza. Les debemos mucho. Son amigos que piensan diferente, pero eso no es motivo para romper la amistad, base de la unidad latinoamericana porque, tal como lo vieron Bolívar, Martí y Darío, “el peligro está en el Norte”.