La diplomacia es el instrumento que usa el Estado –pueblo, gobierno y territorio— para lograr sus objetivos, entre los cuales, siempre está presente la defensa de sus intereses.

Por ello, la diplomacia tiene como característica principal, la discreción, la profesionalidad y el manejo adecuado de las discrepancias, incluso. En consecuencia, los embajadores acreditados en los diferentes países con los que tenemos relaciones, son personas prudentes que no expresan opiniones privadas, sino que todo lo que hacen o dicen es en representación del Estado. Incluso, esta discreción es mantenida en momentos en que se rompen relaciones con otro Estado por discrepancias inmanejables.

Todo lo indicado lo pasa por alto Enrique Reina, que, hasta hace poco, creíamos que era un profesional. En toda la historia, no habíamos conocido a un canciller más dispuesto a la confrontación, a la pelea callejera, que el actual titular de la Cancillería hondureña. El intercambio de mensajes públicos –cosa que no se acostumbra, aunque algunos lo hagan— del canciller Reina con la embajadora Dogu, muestran poca capacidad para el desempeño del cargo, un nerviosismo inexplicable; y, una prueba de un conflicto político interno, ante el cual Reina debió guardar discreción y silencio.

Que un embajador visite a un ministro, a un alcalde o un designado presidencial no tiene que provocar pérdida de control de un diplomático que, por oficio, además de guardar la compostura física, debe hablar o escribir lo justo y conveniente. Nasralla, entendemos, es muy importante para el gobierno de Xiomara Castro. Las críticas suyas y, lo más grave, la ruptura de la alianza con el partido Libre –formalmente– son un problema político interno en el cual Enrique Reina no tiene que comportarse como un “cuchillero de orillas”, como decía Jorge Luis Borges.

Su comportamiento aireado, su enojo desmesurado; y su amenaza hacia la embajadora de Estados Unidos son desproporcionados. Una nota escrita o verbal, incluso una llamada a la embajadora para que asistiera a la Cancillería habría dado mayor prestigio al servicio diplomático hondureño que la forma como Reina manejó el desagrado que hiere la sensibilidad política del gobierno. Además, la acusación de injerencia de la embajadora en los asuntos internos de Honduras es una burla al sentido común; y, un olvido de prácticas diplomáticas del pasado que, nos avergüenzan siempre a los que, mantenemos cierto nivel de memoria para evitar que nos sorprendan.

El presidente Manuel Zelaya consultó al embajador Llorenz cuando nombró a Patricia Rodas como Canciller. Esto lo sabe Reina, porque entonces era miembro de la Cancillería. Nos lo confirmaron tanto Zelaya como el exembajador de Estados Unidos en Tegucigalpa.

Además, Enrique Reina no puede hablar en nombre de todos los hondureños. No le hemos dado tal autoridad. Puede hacerlo en nombre de Libre; y, mucho mejor, en nombre de una facción nerviosa de Libre, porque los más serenos miembros de ese partido, critican su comportamiento poco consecuente con quien maneja la diplomacia hondureña.

Por todo lo anterior y en el ánimo de evitar males mayores para los objetivos nacionales, solicitamos que la presidente Castro llame la atención en privado a Reina, para solicitarle profesionalismo y discreción en el desempeño del cargo, sometiéndose a las reglas de las formalidades diplomáticas. Honduras necesita hacer amigos, fortalecer las amistosas relaciones que maneja. Y reparar las áreas afectadas, por malos entendidos, con los países que tiene relaciones.

Todos sabemos que a Reina le queda grande la casaca diplomática. Tiene más voluntad de activista político, por ello, le deberían asignar otras funciones propias a su carácter y disposición; para de esa forma, proteger los intereses nacionales que, ahora, amenaza en forma brusca y ordinaria.

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