Septiembre llega oliendo a pólvora barata y a cobro forzoso. Antes de que usted alcance a ver la primera bandera en la calle, ya le cayeron con el cuento del uniforme de gala, los adornos y la cuota para el desfile. Lo arrinconan con la culpa: si no paga, el que sufre el desprecio es su hijo.
Le exigen amor a la patria en efectivo, justo cuando la quincena se le esfumó pagando una canasta básica que parece un insulto. Pero el verdadero asalto no pasa en la escuela, pasa en la tarima del estadio.
Allá arriba, en la sombrita, bien comidos y con la panza llena a costilla del erario, están los políticos de siempre. Esos mismos que se pasan el año ignorando los baches de la ciudad y viviendo como jeques, montan su show patriótico para colgarse medallas con el sudor ajeno.
Abajo, bajo el solazo, van los cipotes aguantando calambre y los maestros poniendo de su propia bolsa porque a los gobernantes les importa un bledo la educación, siempre y cuando tengan un micrófono para decir mentiras. Usan la independencia como una pastilla para dormir al pueblo.
Le tiran una semana de tambores, bandas de guerra y discursos vacíos para que se trague que somos un país soberano, mientras la ineptitud y la corrupción municipal le ahogan el día a día. Nos gobiernan parásitos que no producen nada, pero viven de exprimir al que madruga. Ya basta de aplaudirles la función.
El verdadero civismo no se demuestra vitoreando a los inútiles que nos hunden, ni endeudándose para que un político luzca bien en la foto. No se trata de dejar de apoyar a sus hijos ni de amargarles el esfuerzo, sino de cambiar la mirada. Deje de comprarles el cuento de su falsa grandeza y enséñele a sus muchachos a cuestionar lo que ven.
La próxima vez que los vea saludando desde la tarima, recuerde que ningún desfile borra su ineptitud. La patria no es la bola de corruptos que gobiernan; la patria es usted, madrugando todos los días para sostener este país a pesar de ellos. Que se queden hablando solos con sus banderas de mentira.