Seguimos a Jesucristo por el testimonio de millones de personas que durante estos 21 siglos han proclamado su fe en él, y como consecuencia se han ido consumiendo lentamente, en un martirio sin sangre, en una entrega total a su persona y al Reino. Allí está una innumerable muchedumbre de laicos que han transformado la sociedad y fortalecido sus familias como también incontables miembros de la vida consagrada, sean contemplativos o de vida activa, clérigos, obispos y papas que han sido admirables en su santidad y han vivido la presencia de Jesús. No hay ser humano en la historia que haya sido capaz de arrastrar tanta gente y menos que por dos mil años haya provocado esa inmolación radical, esa entrega total.
Seguimos a Jesucristo por el testimonio de miles y miles de mártires, que desde San Esteban, pasando por Santiago, San Pablo, San Pedro, y un número incontable de cristianos han derramado la sangre por confesar su seguimiento a Jesús. Seguimos a Jesucristo porque en su nombre se han hecho proezas inauditas de cruzar mares, atravesar cordilleras y afincarse en tierras extrañas para llevar la fe en Él. Y por otro lado se han levantando a lo largo de la historia monasterios, conventos, asilos, leprosorios, escuelas, colegios y universidades, hospitales y orfanatorios, todos para glorificar su nombre y servirle a él en los necesitados. Seguimos a Jesucristo por el testimonio de cientos de miles de religiosos que renunciando al mundo, con los votos de pobreza, obediencia y castidad han manifestado creer en Jesucristo. Es imposible que se dé esto durante 21 siglos y sea un simple hombre, un impostor, quien sea capaz de motivar tales cosas.
Seguimos a Jesucristo porque estudiando el Evangelio vemos que es una persona excepcional en todos los aspectos: humildad, generosidad, ternura, misericordia, rectitud, valentía, osadía, entrega sin límites, sabiduría, todo reunido en alguien que además hacía milagros, curaciones y expulsaba demonios. Y todo esto lo realizó sin recursos humanos y materiales, en una pobreza radical, atrayendo voluntariamente a los que quisieron seguirle, sin ofrecer ni dar ningún medio material que garantizara seguridad en nadie. Más bien seguirlo era fundamentarse solamente en la providencia divina.
Seguimos a Jesucristo porque sus palabras contienen vida eterna, y leer las bienaventuranzas, las parábolas, sus discursos y consejos evangélicos, sus correcciones y denuncias, su forma de comunicación con su Padre y ver su estilo de vida desprendido, desapegado de todo, nos seduce, nos encanta, nos hace sentirnos mejores personas. Saber de sus milagros portentosos como resurrecciones, curación de paralíticos y leprosos, sanación de ciegos, nos hace aceptar que era alguien muy especial. Ver la manera en que se enfrentaba a los demonios y los vencía nos hace pensar que había algo extremadamente grande a nivel espiritual en él. Contemplar la forma que vivió y compartió con sus discípulos, y la manera en que nació, vivió en Nazaret y luego murió en la Cruz, esto nos hace sentir que estamos ante alguien único.
Seguimos a Jesucristo, porque Dios nos regaló el don de la fe, por el que creemos que ese hombre es Dios, que es la segunda persona de la Santísima Trinidad y que su poder no tiene límites. Que es el eternamente misericordioso y es la revelación total y plena del misterio de Dios. Sin el don de la fe no aceptaríamos que Cristo vive y reina hoy. Esa fe es transmitida a través de la Iglesia, de la predicación, la catequesis, los sacramentos, la Palabra, el testimonio vivo de la comunidad.
Seguimos a Jesucristo porque hemos tenido un encuentro personal con él, cada uno a su manera y circunstancias, en un contexto muy propio, en donde hemos sentido su presencia y le hemos dicho ¡sí!, aceptándolo como nuestro Señor. Sin ese encuentro y experiencia personal no podríamos adentrarnos en el misterio insondable de su divinidad y ser envueltos en su misericordioso amor.
“El es imagen del Dios invisible, primogénito de toda la creación, pues por él fue creado todo, en el cielo y en la Tierra: lo visible y lo invisible, majestades, señoríos, autoridades y potestades. Todo fue creado por él y para él, él es anterior a todo y todo se mantiene en él. Él es la cabeza del cuerpo, de la Iglesia. Él es el principio, el primogénito de los muertos, para ser en todo el primero. En él decidió Dios que residiera la plenitud; por medio de él quiso reconciliar consigo todo lo que existe, restableciendo la paz por la sangre de la cruz tanto entre las criaturas de la Tierra como en las del cielo”, Col 1,15-19. Y con Jesucristo somos invencibles.
