Una de las virtudes humanas más valoradas, no sin razón, es, sin duda, la virtud del orden.
Una casa, una habitación, una oficina, ordenadas son espacios en los que apetece estar; un clóset, un escritorio, una gaveta en la que cada cosa está en su lugar, facilitan la vida a quien hace uso de ellos y dicen mucho de su dueño ante los demás.
El orden, además, ahorra tiempo. Cuando hay un sitio para cada cosa es fácil de encontrar lo que se busca incluso a tientas, aunque no haya luz de por medio.
Pero si el orden exterior es algo loable y que se valora, más importante es el orden interior.
Lo que pasa es que uno refleja al otro.
Alguna vez le dije a uno de mis hijos que si tenía el alma como mantenía su cuarto debía dedicar tiempo y reflexión para ordenarlos.
Porque las personas, que somos una unidad, mostramos por fuera lo que llevamos por dentro.
De ahí que haya que establecer, en primer lugar, un orden en nuestros pensamientos y en nuestros afectos.
Hay que dedicar tiempo para reflexionar sobre qué es aquello que ocupa con preponderancia nuestros pensamientos, qué es lo que más nos preocupa, que ideas recurrentes nos vienen a la cabeza.
Igual, hay que reconocer cuál el orden de nuestros afectos, donde tenemos puesto el corazón.
No vaya a ser que estemos tan desordenados por dentro que, en la práctica, con los hechos, manifestemos que el trabajo o los amigos van por delante de la familia, o que las ocupaciones nos lleven a descuidar la propia salud, el indispensable descanso, o aquellas relaciones humanas que más nos nutren y, definitivamente, por naturaleza, son permanentes y no coyunturales o transitorias.
Porque puede llegarse a un punto de la existencia en el que caemos en cuenta que hemos descuidado lo esencial por lo accidental o preferido las cosas a las personas.
El orden interior es, definitivamente, más trascedente e importante que el exterior.
Además, cuando hay orden por dentro, luego este sale hacia fuera.
Claro, no estoy hablando de manías ni de actitudes perfeccionistas, sino de cuidar el equilibrio en un conjunto y de crear un ambiente armónico a nuestro alrededor.
Un hombre o una mujer que procuran mantener un orden interior suelen ser más serenos, crear un clima de paz a su alrededor y tener una perspectiva acertada de los acontecimientos.
Y convivir con alguien ordenado, por fuera y por dentro, da gusto, porque contagia paz y optimismo.