Me pasa que, una vez en casa comenzamos a desmontar todo lo que “huele” a Navidad y a retomar las rutinas cotidianas, me embarga cierta nostalgia. Las fiestas de Navidad y Año Nuevo suelen ser tan entrañables, y nos permiten alternar con tanta gente a la que queremos, que no deja de haber cierto desgarro interior, cierta tristeza.

Pero, como el tiempo no detiene su marcha y la actividad laboral comporta unas exigencias inevitables, no queda más que volver a lo de cada día y a pensar que, en cuestión de meses, estaremos, de nuevo, escuchando villancicos, dando y recibiendo regalos, disfrutando de las bebidas y comidas propias de la temporada y, por supuesto, de la compañía de la familia y los amigos.

El obligado arrancón del año nuevo deberá estar ahora presidido por esa conocida frase latina: nunc coepi, ahora comienzo; que nos invita a ponernos de pie, a tomar una buena bocanada de aire y a ir tras los objetivos personales, familiares, profesionales o ciudadanos que, seguramente, nos hemos marcado.

Ese nunc coepi debe ser una especie de falsilla sobre la cual escribir nuevos planes y definir las maneras de llevarlos a cabo; el estribillo, el ritornelo, que nos recuerda que, si bien es cierto, el recuerdo del pasado puede servirnos para tomar lecciones y, a partir de ellas, actuar con sabiduría y prudencia, ya no tiene remedio; que llorar sobre la leche derramada no es más que perder el tiempo y que ver el futuro por el retrovisor resulta tonto.

Nunc copei, ahora comienzo. Porque los procesos de mejora no tienen un punto de llegada definitivo; porque siempre hay deficiencias que superar y ayudas que dar.

Con la actitud del buen deportista, que no se queda tendido sobre el suelo, ni hace un drama de lo que no amerita hacerlo, sino que se levanta, se sacude el polvo y mantiene el esfuerzo y continúa la batalla; en este inicio de año, esa es la tesitura que cabe, la conducta que debe prevalecer en todos.

Hay tanto que hacen en este país, hay tanto trabajo por delante, que otra postura está fuera de lugar. Las quejas, las lamentaciones, la búsqueda de culpables ante las desgracias personales o colectivas, sirven para poco, si acaso para consolar la propia conciencia. Un futuro promisorio solo es posible cuando se asume con gallardía, con ilusión, con ganas de hacer mejor las cosas, con un optimismo audaz.

Así que, ahora comenzamos de nuevo. No nos fallemos a nosotros mismos, a nuestra familia, y a esta Honduras que tanto nos necesita.