14/05/2026
08:04 AM

Nostalgia de lo bueno

Roger Martínez

No se trata de ser retrógrada ni de pensar que todo tiempo pasado fue mejor. Es evidente que hemos progresado, que, para el caso, hoy hay más conciencia sobre los derechos que como personas tenemos o sobre la importancia que tiene el cuidado del entorno natural. Sin embargo, no me cabe ninguna duda de que en otros aspectos esenciales nos hemos disparado en veloz retroceso. Y, por eso, en más de una ocasión he sentido auténtica nostalgia de una serie de usos y costumbres sociales que, a mi juicio, y seguro que al de muchos otros, hacían la existencia mucho más amable, mucho más agradable.

El respeto a los mayores, por ejemplo, es algo que yo extraño. La mayoría de los hijos tratábamos de usted a nuestros padres, y eso ya marcaba una saludable distancia. Es cierto que, en las relaciones paterno filiales, hoy hemos ganado en confianza, pero también es cierto que hoy más que antes abundan las conductas irrespetuosas y se cometen abusos inimaginables dentro de la dinámica familiar. Sé de hijos que han golpeado a sus padres porque les han decomisado el teléfono celular o que les han insultado porque la red inalámbrica de la casa no era lo suficientemente robusta como para descargar ciertos programas o conectar varios aparatos de manera simultánea. Y no hablo de Nueva York o de Barcelona sino de Tegucigalpa o La Ceiba. El paso del usted al vos, una insignificancia gramatical, un cambio de pronombres apenas, ha sido el síntoma de una dañina “democratización” de la familia que ha llevado incluso a privar a la prole del tan necesario ejercicio de la autoridad por parte de los padres, sin la que no hay posibilidad de formar ni transmitir valores.

Hasta ahora, y espero que así siga siendo, nunca un hijo me ha dirigido bocanadas, groserías o malas palabras. Pero sé de casos en los que un hijo ha llamado “mantenido” a su padre desempleado o una hija ha dirigido todo tipo de lisuras a su madre porque no le ha satisfecho algún capricho. Hoy, “maje”, se ha convertido en pronombre cariñoso e, imbécil, en elogio. Así las cosas, el trato entre hermanos se ha tornado sumamente burdo, y aquel respeto casi ceremonial a los mayores, hablo de los hermanos mayores, ha desaparecido, a pesar del bien que le hizo a tantas generaciones.

Y, claro, el irrespeto ha saltado de las casas a los sitios públicos, a la calle. De ahí tanta agresividad, de ahí que pocos respeten los cruces de cebra o los altos o los semáforos. No puedo evitar sentir nostalgia de cuando las personas nos comportábamos como seres humanos, como entes racionales, y no como bestias.