18/04/2026
10:35 PM

No podré morderme la lengua

Juan Ramón Martínez

No fue una frase inocente, sino que una declaración oficial sobre la marcha del gobierno de Xiomara Castro. Es evidente que la declaración no tiene fundamento en las categorías del materialismo dialéctico que exige que, para lograr el “socialismo democrático”, hay que pasar por un capitalismo fuerte que produzca una fuerza laboral alerta que le quite de las manos a los capitalistas las fuerzas de la producción, vía la revolución popular.

Que no se mencione a Bernstein, el reformista condenado por los marxistas, es una indicación que la frase esconde al populismo que quieren imponerle al país, confiados que Estados Unidos aguantará todo, con tal que detengan la corrupción y frenen la inmigración ilegal hacia el norte. Asumiendo que Honduras está madura para aceptarlo, una vez que los precios del petróleo le permitan a Venezuela volver a su diplomacia donadora. Y el gobierno entre en una espiral de favores y entrega de subsidios generalizados. Incluyendo un aumento brusco del salario mínimo que devuelva la esperanza a los pobres.

No todos reaccionamos de forma similar. Neftaly Martínez, desde Olanchito, me mandó un ensayo para aclarar, con enorme conocimiento, el sin sentido de hablar en la Honduras de ahora de “socialismo democrático”, sin conocer la historia de los socialistas – los utópicos y los científicos como los clasificó Marx—e ignorando las reglas por las que se rigen las sociedades modernas. En cambio, a Carlos Urbizo, que algunos malintencionados quisieron indisponer conmigo por la cita que hice de él en mi artículo anterior, me escribe que no le preocupa que Xiomara Castro y su gobierno se hagan comunistas. Su expresión es realista. Parte del hecho que sabe es que, igual que los soviéticos que durante 70 años batallaron por crear el socialismo e intentar llegar al comunismo como utopía del fin del tiempo, los hondureños no pasarán de la palabrería, la confusión y el miedo de las minorías cultas de Honduras, especialmente su clase media.

Me preocupa la libre expresión. No tengo nada material que perder, sino la libertad para expresarme y comunicarme con mis lectores cada jueves. Porque si en lo económico el marxismo o el socialismo tropical, carnívoro como dice Montaner, es ineficiente y destructor de la propiedad privada, en términos culturales, niega la libertad y la capacidad de expresarnos. Y en mi caso, la libertad para pensar, indagar y opinar, forma parte de mi personalidad.

Por lo que, sin libertad, sin posibilidad de escribir y comentar la realidad proponiendo soluciones o alternativas, discutibles por supuesto y cuestionadas por los que así lo quieran; y, lo más grave, la imposibilidad de leer periódicos, no podré vivir.

Por ello, Cuba siempre me ha parecido un problema cubano. Solo me afectó cuando cerró los periódicos, obligando a leer los gubernamentales y destruyó “Bohemia”, la primera “universidad” a la que accedí cuando iniciaba mi adolescencia. No le perdono a los Castro su cierre y persecución a su director, sus columnistas y ensayistas. Y como la pérdida de la libertad para expresarnos viene antecedida de un proceso de desprestigio, he empezado a pensar, ahora que Zelaya luce vengativo y colérico, si debo irme del país. El último amarre emocional, que me ataba, está roto. Por voluntad de mis compañeros académicos, he terminado mis dos periodos en el cargo de director de la Academia Hondureña de la Lengua.

Libre de esas tareas, puedo dejar al país antes que me persigan, me desprestigien o me encarcelen, cosa que no descarto nunca. El camino que seguirán otros, que se plegarán o que escogerán sibilinamente, el llamado “adanismo”, es inaceptable. No podré morderme la lengua. Prefiero la libertad.