16/12/2025
01:12 PM

Los peligros de Donald Trump

Nueva York, Estados Unidos.

La semana pasada escribí sobre los peligros que representaría para el país la presidencia de Hillary Clinton. Ya que esta es la última semana en que aquellos que no están del todo convencido por Hillary pueden debatirse entre emitir su voto o no por Donald Trump, me parece apropiado delinear las razones de que los peligros de Trump son tan claros que hacen pasar a segundo plano los riesgos que pudiera implicar la presidencia de Clinton.

Es algo problemático explicar por qué, entre los políticos recientes en Estados Unidos, Trump es sui generis. Los errores y las metidas de pata que pudiera cometer un miembro liberal del establecimiento como Clinton pueden visualizarse examinando a sus iguales, como Angela Merkel, a los ocupantes recientes de la Casa Blanca e incluso al propio historial de Hillary. Pero no hay analogías claras con un presidente Trump. Todas las posibilidades de comparación, desde Arnold Schwarzenegger hasta Silvio Berlusconi, solo reflejan parte de lo que ocurriría con el candidato republicano como presidente de una súper potencia.

Así pues, estudiar los peligros de Trump requiere una especulación bien fundada, que es lo que tratará de hacer en estas líneas. No es lo que creo que serían las peores posibilidades: no implican que Trump tome medidas autoritarias o que accidentalmente desate una guerra nuclear. Más bien, son tres los peligros básicos de un gobierno de Trump; tres peligros a los que muy probablemente podríamos enfrentarnos.

El primero es un nerviosismo continuo en los mercados, lo que provocaría un bache económico. El hecho mismo de que Trump resultara elegido probablemente causaría una caída en el mercado bursátil, como la que provocó el Brexit en Gran Bretaña. Pero el verdadero problema sería lo que vendría después. En lugar de la firmeza de una Theresa May, la primera ministra del Reino Unido, que inspira un regreso a los fundamentos, en Estados Unidos tendríamos el espectáculo —y vaya que sería un espectáculo— del equipo de Trump tratando de nombrar a los funcionarios del gobierno. Sí, el mismo equipo que abandonó sus esfuerzos por definir políticas y que apenas organizó una campaña electoral. Aun sin su prometido viraje hacia el mercantilismo y las guerras comerciales, una Casa Blanca manejada como empresa Trump muy seguramente le inyectaría una fuerte dosis de ansiedad a la economía, haría a un lado al capital, desanimaría las contrataciones y le recortaría puntos al producto interno bruto.



El segundo peligro es un grave descontento civil. Los simpatizantes de Trump imaginan que esta elección sería un golpe al activismo de izquierda, que su gobierno rápidamente revertiría el supuesto aumento de la delincuencia ocurrido después de Ferguson. Esto es como imaginar que un presidente George Wallace hubiera sido bueno para imponer la paz a mediados de los años sesenta. En realidad, la elección de Trump sería una bendición para los peores elementos de la policía y para los alborotadores radicales en la misma medida. Su mera intervención vertería gasolina en planteles universitarios y ciudades, y no solo porque en cuanto un movimiento de protesta tuviera un rostro o un líder, el mismo Trump estaría en la televisión rugiendo insultos en su contra.

El tercer riesgo, muy posible y con mucho el más grave, sería la rápida intensificación de los peligros en cada teatro geopolítico. Probablemente sea cierto que, dada su congenialidad con Rusia, Trump se inclinaría menos que Clinton a entrar de inmediato en un enfrentamiento con Vladimir Putin por Siria. Pero es ingenuo imaginar que Moscú accedería a una distensión cómoda con el presidente Trump. Es más probable que Putin siguiera presionando y recibiendo concesiones, poniendo a prueba al negociador de peluca naranja en cada oportunidad y dejándolo en una muy peligrosa posición entre una reacción exagerada y parecer débil, lo que menos le gusta al republicano.

Y eso solo es el caso de Rusia. Desde la cuenca del Pacífico hasta el Medio Oriente, las potencias revisionistas se dispondrían a poner a prueba la capacidad de Trump para manejar las sorpresas, los agentes hostiles tratarían de aprovechar el indudable caos que reinaría en la Casa Blanca, y los aliados tendrían que incorporar la ineficacia estadounidense en sus planes de estratégicos.

Insisto, esto podría suceder sin que Trump tuviera que hacer ninguna de las locuras que más o menos se ha comprometido a hacer: exigirles tributo a los aliados para salir en su defensa, tratar de “tomar el petróleo”, etcétera. Para provocar un extenso periodo de riesgo en todo el mundo Trump solo tendría que ser él mismo.

La historia de la geopolítica antes de la Pax Americana está plagada de ejemplos de por qué debemos de temer este tipo de pruebas. En general, el periodo de novatada de Trump en materia de política exterior, su ruda introducción en la Machtpolitik, prometen más peligros para la estabilidad global —lo cual sigue siendo algo real y valioso, a contrapelo de las crisis recientes— que los riesgos que corrió George W. Bush con su intervencionismo o que el intento de Barack Obama por lograr el equilibrio en el extranjero.

No existe algoritmo alguno que pueda calibrar con precisión cómo ponderar la inestabilidad global con las razones que les quedan a los conservadores para votar por Trump. Ninguna demostración matemática puede demostrar que la posibilidad de tener una Suprema Corte sólidamente conservadora no vale el riesgo intensificado de mayores conflictos entre las potencias.

Pero pienso que los simpatizantes reticentes de Trump están sobreestimando la durabilidad sistémica del orden encabezado por Estados Unidos y subestimando la medida en que un nivel básico de capacidad y autocontrol en el presidente es en sí mismo una cuestión de vida o muerte, tanto para los estadounidenses como para los seres humanos del mundo entero.

Podría estar equivocado. Pero ninguno de mis miedos (y tengo muchos) por lo que pudiera implicar una presidencia de Hillary Clinton es tan fuerte que me haga querer el riesgo de que me demuestren que tengo razón.

© New York Times News Service