Los Flores Girón, los Rivera Girón y los Menéndez Girón

Una historia familiar marcada por la migración, el trabajo, la política y una profunda unidad que dejó huella en Honduras.

Tras de los pioneros, los tíos Arturo y Manuel, llegaron tío Camilo y tío Julio, con más suerte porque venían respaldados con el título de maestros de escuela primaria, adquirido en el Instituto Departamental de Occidente de La Esperanza. Tía Margarita había partido a Tegucigalpa para entrenarse en la Escuela de Artes y Oficios y regresó con importantes conocimientos y habilidades para casarse con el telegrafista Federico Mejía. Mi madre Ernestina Rivera Girón y su tía prima Joaquina se quedaron en el instituto de La Esperanza. Los Menéndez Girón se afincaron en Siguatepeque.

Los tíos Camilo y Julio se engancharon en la Compañía como maestro, el primero, en La Lima, y como contador en Tela, el segundo. Tío Camilo después pasó a trabajar en el área agrícola como jefe spray máster, time keeper, posteriormente como superintendente general. Fue el primer nacional en ocupar ese importantísimo puesto. Más tarde, al jubilarse, se convirtió en finquero independiente y transitó en la política como gobernador de Cortés, como diputado por Cortés y como ministro de Economía. Un verdadero prohombre de nuestra patria, destacado por su habilidad empresarial, por su acrisolada honradez y su patriotismo a toda prueba. Igualmente fue presidente del Consejo Hondureño de la Empresa Privada por varios períodos, hasta que él quiso. Durante su vida en la costa norte, mantuvo una profunda amistad de discípulo con don Ibrahim.

Fue realmente admirable la unidad que mantuvieron los cuatro hermanos y primos, mejor dicho, los cinco, porque de último que llegó tío Gustavo, que se hizo elegir alcalde progresista de Tela. Tío Arturo era mandador de finca y fue sacado apresuradamente, en una avioneta, del país hacia Changuinola, en Panamá, porque era perseguido por la dictadura de Carías. La revista Selecciones le hizo una entrevista en el exilio. En esa entrevista nos entregó su pasión libertaria y su acendrado patriotismo democrático. Regresa a Honduras para hacer restaurar la democracia y dedicarse a la campaña política por Ramón Villeda Morales, y cuando este gana y se instala en la Presidencia le nombra gerente general del Ferrocarril Nacional como recompensa a su firme convicción en el Partido Liberal. Fue el primero en morir de estos hombres audaces.

Tío Camilo se había instalado en San Pedro Sula como bananero independiente y ahí desempeñó la Gobernación Política por Cortés, mientras tío Manuel emigraba a Tegucigalpa para permitirle estudios universitarios a sus hijos y tío Julio seguía como funcionario de la Compañía en Tela. Don Ibrahim continuaba en La Lima desempeñando como el gran maestro de los primos y hermanos que mantenían una unidad familiar indestructible.

Tío Manuel trabajó en Tegucigalpa en la Radio Nacional y todas las mañanas, con gran religiosidad, hablaba con mamita Chila, que estaba en La Esperanza. A las siete de la mañana estaba ella sentada en su mecedora de mimbre junto al radio receptor marca Grundig, que sonaba como si tuviera dentro del cajón un enjambre de insectos bulliciosos, para escuchar la voz de tío Manuel. Héctor Napoleón -mi primo- y yo, que vivíamos en aquella casona, lamentábamos esa cita porque en esa hora era cuando escuchábamos la novela de aventuras que pasaban por la radioemisora HRN. Tío Manuel saludaba y hablaba con su madre y, por supuesto, la comunicación era en una sola dirección, desde Tegucigalpa a La Esperanza, sin retorno. Pero mamita Chila contestaba a todo lo que su hijo le preguntaba o contaba: -Si, hijo, buenos días. Cuídese mucho que lo quiero y extraño. Héctor y yo nos reíamos.

Cuando murió mamita Chila, la magnanimidad de tío Manuel fue tan grande que cedió la casona de La Esperanza que había comprado para su madre a su hermana Joaquina. Ahí, Quina instaló una tienda. Cuando me fui a Tegucigalpa para ingresar a la Universidad en la Facultad de Ciencias Médicas, mi visita obligada era la casa de tío Manuel, en donde siempre pude escuchar una voz de aliento y contagiarme del entusiasmo que mostraba en todo momento.

Un día, mientras instalaba una antena en un techo, se cayó y murió. Se iba tío Manuel, pero dejaba en nuestro recuerdo la imagen sempiterna de un hombre bondadoso, sabio, virtuoso que supo ser, junto con tío Arturo y tío Atilio, el líder indiscutible de los Flores, los Rivera y los Menéndez, que tanto nombre han dado a nuestras familias y Honduras.

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