04/02/2026
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Las miradas de Jesús

Estaban en la Última Cena y Jesús los miró con ternura y dolor, sabía que su partida era inminente, que ya estaban a pocas horas de su inmolación en manos de los poderes religiosos y políticos. Los discípulos sentían la mirada del Señor que les llegaba a lo más hondo del alma y se estaba despidiendo dejándoles un gran milagro, la Eucaristía. Comieron su cuerpo y bebieron su sangre, experimentaron el alimento que salva, fortalece y santifica, y con él murieron esa noche al mundo que les ofrecía lo temporal y efímero.

Jesús miró con tristeza a Judas cuando en la cena vio sus ojos y notó que la traición se había decidido: “Vete, haz lo tuyo y pronto”, le dijo. Y Judas salió de noche, dejó a los suyos y se fue a negociar la manera de capturarlo para entregarlo al imperio romano. Se sumergió en las tinieblas. En ese momento Judas murió en su alma, se suicidó espiritualmente, dejó ir su vida divina. Y cuando lo fue a entregar con el grupo armado, Jesús le lanzó una mirada llena de lástima y dolor y le dijo: “amigo, con un beso entregas al Hijo del hombre” y Judas se enterró más adentro en su tumba de cobardía, remordimiento y pesar y no salió, nunca más, y cuando fue a matarse buscando la cuerda y el árbol era ya un cadáver viviente. Pero la mirada de Jesús fue de misericordia y al final nadie sabe si en los últimos segundos cuando colgaba en el árbol, Judas se arrepintió y pidió perdón.

Jesús miró con tristeza y frustración a Pedro cuando escucha y lo sorprende echando improperios contra su persona, diciendo que no lo conocía, que venía a ver cómo lo acababan, porque era un mentiroso y un impostor. Pedro hacía eso movido por el miedo, para evitar que lo acusaran de ser miembro de su grupo y que también lo mataran. Se cruzaron esas miradas cuando sacaban a Jesús ya torturado de una sala a otra, pasando por el patio donde estaba el pescador de Galilea. La mirada de Jesús fue profunda y clara y con sus ojos le decía: “te lo advertí Pedro, que no confiaras tanto en tus fuerzas, que el espíritu es ágil pero la carne débil. Escucha como canta el gallo y lloran los ángeles tu pecado”. Pedro jamás olvidó esa mirada, el último encuentro “cara a cara” del maestro y el discípulo, al que le confió las llaves de la Iglesia y al que llamó Piedra, roca visible de la comunidad cristiana. Y Pedro salió fuera y lloró su pecado arrepentido.

Van camino del Calvario, la cruz es pesada, la sangre seguía corriendo por su cuerpo, desfallece el Maestro, cae en tierra, su rostro irreconocible por los golpes y una mezcla de sudor, sangre, tierra, cabello en su cara, y aparece una muchacha que rompe el cordón militar, se acerca a Jesús, le limpia el rostro y Jesús la mira con dulzura y agradecimiento, ve una faz luminosa y virginal, de una joven valiente, compasiva, es la Verónica. Jesús siente un gran alivio y coge fuerzas, se levanta, sigue caminando, busca el Calvario, allí donde se entregará totalmente, a la muerte y a la vida, por amor a nosotros.

Y obligan a un hombre, Simón de Cirene, a que le ayude a llevar el pesado madero y Jesús lo mira, se cruzan las miradas, y aquél hombre enojado porque fue obligado, se le cambia la vida, siente que la mirada amorosa y sufriente de Jesús se le clava en el alma y él se transforma, se siente nuevo, transportado a un cielo de luces de múltiples colores. Y no oye más el grito del populacho, ni siente cercanos a los soldados con sus lanzas, solo mira y vuelve a ver al hombre solitario, al varón de dolores, al inocente cordero que va al matadero y se siente uno con él y ya no quiere separarse de Jesús.

A Jesús lo clavan en el madero y al pie de la cruz está su madre. Se cruzan las miradas y como cuando un río desemboca en el mar y se mezclan las aguas, hay un intercambiado de dolores y amores, consuelos y pesares, apoyos y recuerdos gratos, valentías y angustias, de fidelidad a Dios Padre y compasión por la humanidad pecadora. Jesús miró a María y sintió la ternura maternal más grande y ella al mirarlo, la fuerza sobrenatural inmensa que la mantuvo firme al pie de la cruz. Jesús nos mira a todos y grita: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” y “todo está cumplido”. Amén