Cuánta admiración y ternura me ha inspirado ver a una abuela jugar con su nieto en el jardín, enseñándole a disfrutar de su entorno, apreciar y cuidar la vida de las plantas y los animalitos, en especial la pareja de colibríes que los visitan por la tarde y beben el néctar de las flores, las ardillas que han construido sus nidos en los árboles vecinos saltan de rama en rama comiendo algunas frutas y semillas silvestres.

Esta escena familiar que está en mi memoria me recuerda la fábula del colibrí. Cómo en una ocasión se desató un terrible incendio en el bosque. Mientras los animales huían, el colibrí se afanaba en tomar con su pequeño pico agua del lago para echarla sobre el bosque en llamas. Al preguntarle el porqué de su conducta, este contestó a quien le interrogaba: ese bosque es mi hogar. Me alimenta, me da cobijo a mí y a mi familia, y le estoy agradecido por eso. Y yo lo ayudo a crecer polinizando sus flores. Soy parte de él y él es parte de mí. Yo sé que solo no puedo apagarlo, pero tengo que hacer mi parte. Si los padres desarrollan una actitud contemplativa de los detalles de la creación, dicho entorno les brindará una lección de equilibrio y respeto mutuo entre la flora y la fauna; de él pueden aprender a apreciar del don y ser de cada uno de sus miembros, las plantas y los animales, en comunión con las personas que cuidan del medio ambiente. De este modo, la familia puede cultivar en el espíritu y la mente de los niños y jóvenes el respeto a la vida. El papa Francisco en su encíclica “Laudato si” nos brinda varios consejos para cuidar el medio ambiente: evitar el uso de plástico y de papel, reducir el consumo de agua, separar los residuos y tratar con cuidado a los demás seres vivos. La escena de la abuela que enseña a su nieto a interactuar con cariño y delicadeza con su entorno natural es un digno ejemplo de imitar. Más aún cuando escuchamos decir que muchos niños pasan unas 18,000 horas al año sentados frente a una pantalla esclavizados a la sociedad de consumo, cómo no elevar un grito a la conciencia de los padres para que retomen su tarea de educar para la vida auténtica en el contacto con la naturaleza, fuente de vida y de paz.

Es importante educar a nuestros niños en los valores de la paz y la convivencia armoniosa en el seno de la familia, de esta con su entorno natural y con los diversos actores que hoy en día son responsables de guiar a nuestra nación hacia un futuro mejor. Al concluir el Mes del Matrimonio y de la Familia, el testimonio de la abuela cariñosa, la fábula del colibrí y la enseñanza de la Iglesia nos dejan una hermosa lección.

Esta es que cada familia-en las vísperas del bicentenario, de las próximas elecciones generales y en las actuales circunstancias que vive nuestro país-sepa dar su mejor aporte, aunque parezca pequeño e insignificante, a la paz, la convivencia fraterna y el cuidado del medio ambiente.