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La ciudad de las paradojas

  • Actualizado: 13 agosto 2017 /

Elisa Pineda

Esta era la ciudad de la prisa, en la que muchas veces uno se preguntaba si la inteligencia de los conductores estaría a la altura de la de los semáforos. Era el lugar de la gente que siempre parecía robarle minutos al reloj, aunque no importara saber a ciencia cierta hacia dónde se dirigían.

La ciudad de los eventos de innovación, en la que el talento desbordaba, de la misma manera en que en sus calles desbordaban lo absurdo. Allí los conductores de cualquier tipo de vehículo hacían alto a mitad de la calle, pretendiendo robar el derecho de vía a cualquiera. Los automóviles de motores rugientes y amenazantes, las bocinas sonaban al menor signo de distracción de los otros.

El camino era lo importante, ¿hacia dónde se dirigían con tal forma de actuar? Eso era lo de menos. Rápido, más rápido, no importaba si la vida propia o de otros estaba en juego.

Era la ciudad donde la gente se quejaba del pago de impuestos, pero al mismo tiempo destruía las señales de ordenamiento vial colocadas por las autoridades correspondientes, obviando que estas eran adquiridas precisamente con el dinero del que dolía tanto prescindir.

Se trataba del lugar en el que todos se preocupaban por hacer, en lugar de ser; por alcanzar otros niveles de desarrollo, olvidando que no solamente se requería de tecnología de última generación, sino ante todo, de educar y concienciar a la población.

Una ciudad que soñaba con la inteligencia artificial, postergando la natural; un lugar que avanzaba en conocimiento técnico, pero dejaba de lado la educación ética y el sentido de pertenencia que tanto ayuda para proteger lo que cuesta, no solamente a las autoridades, sino a todos los que en ella vivían.

La ciudad de la gente que anhelaba ser smart, a costa de tecnología y dejando en un segundo plano a las personas. Un lugar en el que las campañas de comunicación no política y la concienciación a la ciudadanía eran insuficientes, donde la desidia crecía a pasos agigantados.

Menos mal que aún es una ficción, porque a la mayor parte de la gente no le gusta vivir en la hostilidad, menos mal que podemos reflexionar, corregir y actuar para no convertirnos en la ciudad de las paradojas. Estamos a tiempo.
*Periodista y máster en Estudios
Diplomáticos