Todo proyecto, por importante que sea, tiene un principio y un final. Hay momentos en los que toca soltar, dejar atrás una rutina y abrir espacio para lo que sigue. Por eso hay que hablar de algo que tarde o temprano todos enfrentamos: el valor de saber terminar bien. Cerrar una etapa sin resentimiento, con la tranquilidad de haber hecho nuestro mejor esfuerzo, es una de las satisfacciones más grandes que podemos llevarnos.
Hay cosas que ningún currículum puede registrar: las veces que resolvimos un problema cuando nadie sabía qué hacer, las jornadas en las que seguimos adelante aunque estuviéramos cansados y todo aquello que aprendimos simplemente haciendo nuestro trabajo lo mejor posible. Cambiar de trabajo o incluso de rumbo no significa que lo anterior haya sido un fracaso.
A veces significa lo contrario: que aprendimos lo suficiente para entender que necesitamos seguir creciendo. La vida profesional no es una línea recta y no deberíamos medir nuestro valor por cuánto tiempo permanecemos en un mismo lugar. Por eso, trabajar no debería consistir únicamente en alcanzar indicadores o completar tareas.
Deberíamos aspirar a dejar cada lugar un poco mejor de como lo encontramos. Que nuestro paso se note no porque necesitemos reconocimiento, sino porque aportamos algo que permanece: un proceso mejor, un compañero que aprendió gracias a nosotros, un equipo que creció o simplemente la tranquilidad de haber sido alguien en quien los demás podían confiar.
Podemos ser excelentes profesionales y, al mismo tiempo, olvidar que trabajamos con seres humanos. Ningún resultado compensa haber humillado a un compañero, ignorado a alguien que necesitaba ayuda o tratado mal a quien estaba aprendiendo.
Los proyectos terminan y los cargos cambian, pero la forma en que hicimos sentir a las personas permanece mucho más tiempo. Por eso, donde sea que esté, haga bien su trabajo, pero también sea humano. Enseñe cuando pueda, ayude cuando sea necesario y trate con respeto incluso cuando nadie esté mirando.
No sabemos cuánto tiempo permaneceremos en un lugar, pero sí podemos decidir qué clase de persona seremos mientras estemos allí y, cuando llegue el momento de marcharnos, que podamos hacerlo con la tranquilidad de saber que cumplimos, aprendimos y dejamos algo bueno detrás.