23/07/2024
01:30 AM

Invadida de enemigos

Salomón Melgares Jr.

En el camino, Jesús tuvo hambre. A lo lejos vio una higuera que tenía hojas, pero cuando se acercó no encontró ningún higo para comer. Entonces, Jesús le dijo al árbol: “¡Que nadie vuelva a comer de tus higos!” (ver Marcos 11:12-14).

No se espante, querido lector. Jesús hizo esto no porque estuviera contaminado de pecado, sino para dar una lección. Dicha lección tenía que ver con un pueblo infiel que pronto sería invadido por sus enemigos. De acuerdo con los profetas, el centro de esa infidelidad muy a menudo tenía que ver con el abuso de “las cosas religiosas”, especialmente de los servicios del templo, lo que los llevó a hacer uso de la imagen de una higuera seca como advertencia de la inminente destrucción del templo. De hecho, el pasaje citado arriba hace referencia a uno de esos textos. Jesús aludió al profeta Jeremías, que condenaba al pueblo de pensar hipócritamente que la asistencia al templo expurgaría la culpa de su idolatría (ver Jeremías 7:2-4, 8, 11).

¿Le parece conocido todo esto, querido lector? O mejor: ¿no le parece que es un déjà vu (algo “ya visto”)? Si la respuesta es afirmativa es porque la Iglesia de hoy está repitiendo la historia. Su obcecación idolátrica con las liturgias y doctrinas en sí le ha llevado a hacer uso excesivo, injusto e indebido de los ministerios que se desarrollan en el templo. Y su veneración al edificio mismo (la vida cristiana que vale es la que se vive dentro) le ha llevado a pensar hipócritamente que está bien con Dios. Pero eso no es todo. Su devoción hacia cosas como el dinero y el sexo le ha llevado, literalmente, a estar invadida de enemigos (los ídolos mismos).

Por eso, al igual que el profeta, proclamo aquí este mensaje: corrijan su conducta y sus acciones. No confíen en palabras engañosas. La vida cristiana es para alabar a Dios, pero ustedes la han convertido en rutina de idolatría.