Inquebrantables

En un mundo lleno de desánimo y pesimismo, los idealistas y visionarios son quienes impulsan el progreso y nos muestran la esperanza de un futuro mejor.

Todos los días, en cualquier rincón del planeta, las personas despiertan a sus vidas y desde el momento que abren los ojos empieza una lucha en su mente tratando de encontrar una salida a los múltiples problemas que las agobian. Se enfrenta a un mundo no amigable donde todo está diseñado para hacerlo sucumbir de temor. Le tiene miedo a la vida, al futuro.

El idealismo es la propensión a percibir las cosas mejor de lo que son en realidad, la tendencia a idealizar la realidad.

Los idealistas viven un mundo distinto. Lo fabrican en sus mentes, y es su refugio. Consciente o inconscientemente, sus acciones van dirigidas a encontrarse con ellos mismos en un futuro deseado. El idealista tiene un escudo de protección infranqueable contra el desánimo y el pesimismo. Ven vasos llenos. Prefieren sufrir desengaños a pensar mal de las personas.

Caminan entre el caos y el ruido, erguidos, con la vista fija a su futuro. Nada los amilana, nada les quita el ímpetu. Nada los resquebraja.

Por eso no se derrumban, no caen en el dramatismo, no sucumben al miedo, no hacen coro de la angustia, el pesimismo, el desánimo, la desesperanza, y siempre tienen la certeza de que vendrán mejores tiempos.

Por eso, en su mundo no tienen cabida las noticias desalentadoras, los pesimistas disfrazados de “realistas”, los periodistas que venden drama y sospecha, los políticos sin propuestas, las redes sociales llenas de miseria humana, los agoreros, las personas que viven en el submundo de la tragedia como justificación a su pobre espíritu.

Sin ellos, esta civilización estuviera aún viviendo alrededor de fogatas. No habría progreso, no tendríamos el nivel de vida actual. Porque ellos son los inventores, los científicos, los músicos, los poetas, los artistas, que con sus inspiraciones y sueños nos han llevado a esta cúspide de desarrollo.

De ellos se burlan, los ven de reojo, les dicen ilusos, fantasiosos, soñadores, y con razón, son extraños, son optimistas en un mundo donde se destruyen las ilusiones.

En los momentos actuales de tanta confusión, competencia, ansiedad por no cumplir likes o rankings, confrontación, abatimiento por cansancio existencial, de corazones marchitos de desánimo, de pesimistas profesionales, de violencia sin sentido, se necesitan muchos de estos raros.

Su forma fresca y esperanzadora de ver la vida irrumpe como una bocanada de aire puro, en una habitación cerrada.

Necesitamos más visionarios, menos amargados.

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