Carlos Llano Cifuentes fue un filósofo y humanista mexicano de talla continental y uno de los más importantes representantes de lo que podríamos llamar “antropología de la acción directiva”, es decir, del papel que juega la persona y de cómo debe ser considerada en el mundo de las organizaciones humanas. En uno de sus últimos libros (ya que escribió más de una docena), “Humildad y liderazgo”, Llano planteó algunas ideas que pienso pueden ser útiles para aquellos que dentro de pocos días asumirán la dirección del país y que están obligados a desarrollar un liderazgo auténtico y no a ejercer una simple gerencia de la nación.
En este libro, como en todos sus escritos sobre estos asuntos, Llano señala que la empresa (y Honduras lo es de alguna manera) y la sociedad exigen líderes íntegros. Etimológicamente, íntegro viene del latín “ínteger” que significa entero, macizo, sólido, de una sola pieza. Con esto debemos entender que no es un bien líder el poliédrico, el polifacético, el que tiene muchas caras, el que se mueve según el son que le tocan. La integridad exige no sólo ecuanimidad sino la práctica de virtudes como la lealtad, la sinceridad y la honradez. Dice Llano, por ejemplo, que no se puede creer en un jefe que es infiel a su mujer. Y tiene razón; el que le miente a la madre de sus hijos no es digno de confianza; el que dilapida el prepuesto familiar en una “casa chica”, como dicen, por cierto, los mexicanos, no es capaz de manejar el dinero de los contribuyentes. El que no es capaz de entregarse de manera estable y permanente tampoco lo es de cumplir sus promesas por públicas que sean.
Luego Llano explica que el verdadero líder reconoce su transitoriedad. Nadie que se considera insustituible tiene la grandeza para liderar correctamente a una colectividad. Cuando una persona piensa que sin ella la empresa se morirá o que nadie será capaz de hacer las cosas tan bien como ella, carece de la sensibilidad mínima para dirigir a otros. Por eso es que cuando los dictadores mueren sus proyectos políticos o económicos se vienen abajo. Alguien que se precie de ser un buen líder lo primero que debe pensar es en quién puede relevarlo y cómo lograr que esté preparado para cuando él se vaya. Así es que un director (que me gusta más dirección que gerencia), sin un buen equipo de trabajo hace menos verano que una golondrina, porque de ese equipo deberán surgir, naturalmente, el o los que continuarán la obra de su predecesor.
Todos esperamos que a los que vienen les vaya bien, porque su fracaso nos afectaría a todos.
