26/05/2026
10:40 AM

Homenajes y melancolías

Homenajes y melancolías

En los recientes dos años han ido muriendo, por la ley inconmutable del destino, muchas personas que fueron especiales para mí y que fueron, sin ninguna duda, muy importantes para Honduras. Tras los memorables eventos del 2009 entré literalmente en contacto que personas que según yo pertenecían a los anales de la historia… por ejemplo Juan Manuel Gálvez hijo. Don Juan Manuel envejeció feliz y vigoroso y murió de la forma perfecta: mientras dormía en su casa de habitación en Tegucigalpa. Hablé con él en varias oportunidades sobre muchas devociones que teníamos en común, dos de ellas, el teatro y la política. Recordaba con memoria vívida cómo, en los tiempos maravillosos, había interpretado grandes roles del teatro clásico, sobre todo de Shakespeare y Moliere.

Me enseñó algunas fotografías de gloriosas escenas del Teatro la Reforma y un álbum completo de personajes entrañables que desfilaron en aquellos días por las tablas… Políticamente fuimos afines. Me contó detalles que la historia desconoce sobre la increíble vida de su padre Juan Manuel y me dijo, con franca sinceridad, que Honduras jamás se había percatado con certeza del alcance de las reformas de su padre. En la fase final de su vida escribió muchos artículos para La Tribuna y esgrimió con absoluto conocimiento de causa las razones esenciales de nuestro descalabro como nación; JM Gálvez hijo fue un testigo silencioso de cómo el país se desgarraba en viejas reyertas sin salida…

También murió, recientemente, mi querido amigo Mario Felipe Castillo Martínez, quizá el historiador más meticuloso que hayamos tenido en los tiempos recientes. En su soltería absoluta supo mantener con vida la dignidad del académico dentro de una atmósfera de devociones personales. Su casa olía a capilla y estaba decorada con viejas pinturas eclesiásticas que infundían cierto temor. Antes de morir me concedió el privilegio de leer la bula real que convertía a Los Castillo en una familia de abolengo, un caro secreto que jamás quiso compartir con nadie sino conmigo.

No menos doloroso fue el trágico final del arquitecto sampedrano, de origen tico, Claudio Güell. Llegué a su casa invitado por su esposa doña Tulita Bográn. Aquella tarde compartimos una botella de vino y conversamos de todo, especialmente de política y de historia. Salí de aquella casa solariega en las orillas de San Pedro llevando conmigo tres horas de grabación que aun atesoro. En dicha grabación se escucha la voz lenta de un hombre bueno y cansado. La voz de alguien que ha llegado a la plenitud de la vida diciendo “ya tuve suficiente”. Don Claudio se fue de este mundo sin su alma gemela, doña Tulita, y si aligero el paso aun podré compartir un té en la paz de la tarde con una mujer histórica que ya no volvió a ser la misma desde el día en que don Claudio se marchó.

Cuando me avisaron que había muerto del profesor Rafael Pineda Ponce, fui al baño y permití que una lágrima indiscreta se saliera de mis ojos. Mi tristeza provino de recordar la última conversación que tuve con el maestro liberal antes de que la enfermedad lo baldara. Me dijo que no estaba satisfecho con todo lo que había hecho en la vida, que le habría gustado hacer más, tomar más riesgos, sacrificar más, contradecir a más personas. Que me tenía mucho aprecio y que lo admirable de mí era mi actitud siempre combativa y siempre sincera. “Ingrese a la política –me dijo– es menos horrenda de lo que dicen”. Pineda era un hombre bueno y lúcido. Silencioso amante de lo bello y de lo justo. Orador de la vieja escuela y preceptista de los grandes… no hay, realmente, alguien que lo pueda sustituir. Finalmente y dada la brevedad de este homenaje, valga recordar a mis queridos amigos César Ordóñez (el pintor), Rigoberto Espinal Irías (el abogado) y Trino Murillo (el locutor). Con Trino tuve una amistad de última hora porque yo había sido antes su crítico y él mi detractor. No obstante la amistad fue posible cuando ambos descubrimos que al margen de las diferencias de opinión… existen las buenas conversaciones, las amistades comunes y la nobleza que obliga. Ya en enero no pudo contestar llamadas… así que no pude decirle, de viva voz, que lo apreciaba y lo respetaba.