14/03/2026
10:31 AM

Fracaso del canal de Nicaragua

Juan Ramón Martínez

El gobierno de Nicaragua firmó en 2013 un contrato con un empresario chino, en el cual este se comprometía a construir, en término de siete años, un canal que permitiera aprovechar las aguas de aquel país y operarlo en forma tal que permitiera el traslado de embarcaciones de gran calado, entre el Caribe y el Pacífico. Un año después con mucha publicidad se inauguraron las obras. Y el empresario chino llamó las puertas de la bolsa de Hong-Kong, buscando financiamiento. Los expertos dijeron que no porque el proyecto era arriesgado, carecía de soportes científicos y el riesgo era muy elevado. Pasó el tiempo. Y, como hacemos los latinos, los dirigentes nicaragüenses siguieron esperando milagros que no se produjeron. Once años después se les terminó la paciencia. El presidente Ortega, su esposa y su hijo Laureano – director por Nicaragua del ansiado proyecto del canal interoceánico – descubrieron que el empresario chino no volvería jamás. Que tenían que asumir que habían sido engañados. Y que debían olvidar el asunto porque las promesas se habían diluido frente a las duras realidades. Por ello, la Asamblea Legislativa derogó la contrata de 2013, aceptando que el proyecto del canal había fracasado estrepitosamente.

Lo ocurrido no es la primera vez que hace llorar a sus dirigentes. En el pasado, han probado otras veces el sabor amargo del engaño. Igual que los demás gobiernos del continente, que, en la mayoría de los casos, confían su futuro al azar o a la buena voluntad de los extranjeros que llegan y ofrecen maravillas y esperanzas que al final son propias solo para engañar inocentes. Siempre el engañado, con su ingenuidad, anima a quien lo engaña o lo engañará en el futuro. Como enseña la historia, las sociedades que han tenido éxito son las que confían en sus propias fuerzas o hacen alianzas entre pares, vigiladas y controladas escrupulosamente. Los europeos, los holandeses específicamente, desarrollaron las sociedades anónimas, para recaudar fondos entre todos y efectuar grandes inversiones en puertos, embarcaciones y generadoras de energía.

Honduras, pocas décadas después de la independencia de España, con un régimen de escaso talento, contrató su primer préstamo para construir un ferrocarril. Sin conocer siquiera la operación de los mercados internacionales y, menos que, para que fuera rentable el proyecto, debía tener carga suficiente para justificar su existencia. Fue la gran bobada. El ferrocarril desde Puerto Cortés apenas llegó a la aldea de Santiago, en Pimienta, Cortés; y el pueblo fue tan indolente que, en forma colectiva, se robó los rieles, no solo de las vías abandonadas del proyecto nacional, sino que, además, los de las vías construidas por las bananeras y que devolvieron al Estado en 1975, cuando el traslado de sus exportaciones era más barato hacerlo usando las carreteras.

Entre 1909 y 1916, el gobierno hondureño contrató con dos empresas estadounidenses la construcción de un ferrocarril entre Trujillo, Juticalpa y Tegucigalpa. No teniendo recursos suficientes, e incapaz de buscar créditos internacionales, contrató la obra, a cambio de entrega de tierras en lotes alternos. Funcionarios incompetentes, ignorantes de las operaciones financieras, pasaron por alto que, para operar el proyecto y hacer posible la vía, era necesario asegurar la carga suficiente para mantener funcionando el equipo. Por momentos, parecieron entender las cosas; y traspasaron la contrata a la Truxillo Railroad Company. Esta construyó la vía entre Trujillo y Olanchito; pero no avanzó hacia Juticalpa. Y cuando debía hacerlo, la “sigatoka” destruyó sus plantaciones, eliminando la justificación de la operación ferrocarrilera. El gobierno de Carías aceptó la suspensión de las líneas, sin remordimiento alguno. No hubo escándalo. Solo fracaso, como ahora ocurre con el canal de Nicaragua.

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