01/01/2026
08:30 AM

¿Estás atribulado?

¿Estás pasando por un duro momento en el que parece que todo el piso se hunde y quedas en el aire? Eleva tu mirada al Señor y recuerda que “Yahvéh está cerca de los que tienen roto el corazón, él salva a los espíritus hundidos. Muchas son las desgracias del justo, pero de todas lo libera Yahvéh; todos sus huesos guarda, no será quebrantado ni uno solo,” Sal 34, 19-21. Dios nunca te abandona, siempre está contigo: “Invócame el día de la angustia, te libraré y tú me darás gloria”, Sal 50, 15. No desconfíes nunca del Señor, “Descarga en Yahvéh tu peso, y él te sustentará; no dejará que para siempre zozobre el justo”, Sal 55), 23.

Recuerda que Dios es misericordioso. La mayor prueba: envió a su Hijo Jesucristo y lo entregó por causa de nuestros pecados. Él murió por nosotros en la cruz y pagó el precio del rescate de nuestra liberación. “Que el Señor es compasivo y misericordioso, perdona los pecados y salva en la hora de la tribulación”, Eclesiástico 2,11. Ten confianza en el Corazón Amantísimo de Jesucristo, que hizo alianza eterna con nosotros con su propia sangre.

La tribulación es parte de la existencia cristiana y de ella no nos escapamos, sean tentaciones, persecuciones, crisis internas de fe, desánimo, pero también es fuente de gracia si la asumimos en comunión con el Señor. “Más aún; nos gloriamos hasta en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación engendra la paciencia; la paciencia, virtud probada; la virtud probada, esperanza, y la esperanza no falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado”, Rom 5, 3-4. De las crisis, si se han asumido en unión con el Señor, se sale fortalecido, con más madurez, serenidad y despojado de algunas cosas que se habían convertido en lastre, peso muerto. La persona adquiere más vitalidad interior y aprende una lección al saber la causa que provocó la crisis espiritual y le hará estar mejor prevenido, preparado, para la próxima tribulación.

No ha habido santo en la historia de la Iglesia que no haya sufrido, experimentado angustia, tentación, persecución, luchas interiores muy fuertes. Estas tribulaciones, si se enfrentan bien, afianzan la fidelidad al Señor, la cercanía vivencial a la Pasión de Cristo y purifican a la persona del amor propio y del orgullo. San Pedro nos dice: “Por lo cual ustedes rebozan de alegría, aunque sea preciso que todavía por algún tiempo sean afligidos con diversas pruebas, a fin de que la calidad probada de su fe, más preciosa que el oro perecedero que es probado por el fuego, se convierta en motivo de alabanza, de gloria y honor, en la Revelación de Jesucristo”, 1 Pedro, 1,6-7. Los discípulos del Señor al ser rechazados por el mundo, atacados por el demonio y tentados por la carne, viven más intensamente la pasión de nuestro Señor y se van moldeando como el metal bajo el fuego y los golpes del martillo. De ahí aparece un cristiano más parecido a Cristo y que glorifica su nombre. “Porque en el fuego se purifica el oro, y los adeptos de Dios en el horno de la humillación”, Eclesiástico, 2,5.

De hecho la tribulación nos hace medir nuestra fidelidad al Señor y si en verdad lo buscamos a Él o las cosas que nos da. Uno va escribiendo una historia de amor con Dios en medio de las angustias y dificultades. “Yo meteré en el fuego este pueblo: los purgaré como se purga la plata y los probaré como se prueba el oro. Invocará mi pueblo mi nombre y yo lo atenderé; y entonces diré: ¡Él es mi pueblo! Y él dirá: ¡Yahvéh es mi Dios!”, Zacarías 13,9. El cristiano que busque al Señor por las cosas materiales que le pueda dar, no ha entendido el Evangelio, donde los discípulos del Señor buscan al Señor porque Dios los ha llamado para estar cerca de Él y vivir su presencia gozando de la paternidad divina, de la iluminación del Espíritu y de la amistad preciosísima de Jesucristo.

No olvidemos a Pablo, el misionero fiel de Jesús que nos dice: “Atribulados en todo, mas no aplastados; perplejos mas no desesperados; perseguidos, mas no abandonados; derribados, mas no aniquilados. Llevamos siempre en nuestros cuerpos por todas partes el morir de Jesús, a fin de que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo”, 2 Cor 4, 8-10. Los discípulos misioneros del Reino sabemos que en la tierra hay un relativo gozo en el Señor y que será pleno y eterno en el Cielo. Y recordemos, con Dios somos invencibles.