17/01/2026
10:39 AM

Elige tus batallas

Elisa M. Pineda

Hay una especie de frustración generalizada, es la conclusión a la que llego muchas veces, luego de transitar por las calles de San Pedro Sula. Puede ser la combinación de situaciones que quizás no sean nuevas, pero que en ocasiones parecen más grandes que antes.

Es común encontrar el irrespeto generalizado a las reglas más básicas de tránsito, enfrascados en ganar cualquier espacio, a cualquier costo, aunque eso signifique invadir los derechos de los demás.

No es asunto solamente del transporte público, la falta de respeto por los otros parece no distinguir edades, ni capacidad económica.

Es como si la sensibilidad ante el riesgo absurdo y la violencia de baja intensidad desapareciera cada día un poco más. La agresividad está a la orden del día y a veces se vuelve difícil no entrar en la guerra del irrespeto, en la trampa de desenfocarse de lo verdaderamente importante ante la conducta grosera y absurda de otros.

¿Cómo hacer frente a situaciones como la descrita, cuando cada uno carga sus propias preocupaciones y desasosiegos?

Mantener la calma es una de las situaciones más complejas de lograr, pero hay que intentarlo.Recientemente me vi en una situación así. Ante mis ojos, con máxima desfachatez una persona pasó en su automóvil y de la manera más campante golpeó mi vehículo estacionado, con un miembro de mi familia adentro. Fue un golpe leve, imperceptible a la vista del ya bastante usado carro que me ha acompañado por más de una década.

Sentí cómo el enojo me invadía ante la falta de respeto. Aún ahora debo admitir que una de las cosas que más me molestan de nuestro entorno es la impunidad: nadie hace valer las condiciones mínimas de respeto que merecemos todos y todas.

Tenía la alternativa: dejarme arrastrar por el enojo o ignorar el hecho y a su protagonista. Elegí la segunda, luego de hacer la reflexión que deseo compartir: una persona que no tiene respeto por mí, no merece mi atención, mucho menos mis pensamientos, que además no tendrán la posibilidad de cambiarlo en absoluto.

¿Cuántas veces he pasado por situaciones similares en las que tengo que saber elegir las batallas que voy a librar? Hay algunas que vale la pena, que son trascendentes, en las que hay que invertir energía y tiempo. Pero ¿hay que prestar atención a cualquiera?

Las personas y las situaciones tienen la importancia que les damos. En ese sentido, cuando nos molestamos y permitimos que otros se apropien de nuestras emociones, ¿no estamos cediendo?

Elegir las batallas es fundamental para no sucumbir ante la gente grosera que podemos encontrarnos a diario y que nos puede acaparar la atención de tal manera que nos perdamos la oportunidad de apreciar a las personas valiosas que también forman parte de nuestro día a día.Elegir aquello que suma y no lo que resta es una actitud valiente, más difícil que buscar desquitarse; es liberadora y gratificante, porque nos hace sentir serenidad.

Elegir la calma no es cobardía, sino decencia; es elegancia en un mundo de brusquedad y altanería, a las que nos hemos mal acostumbrado. No todas las batallas merecen ser libradas, mucho menos esas pequeñas que se presentan día con día.

Evitar las discusiones absurdas, tratar de convencer a otros, encontrar sensatez en el insensato, pueden ser batallas de otros, pero tal vez no las propias. No caer en provocaciones y elegir la paz será siempre una salida valiosa para quien la toma. Hay que estar dispuestos siempre a elegir.