14/07/2024
10:50 AM

El último que salga...

Que apague la luz. Así rezaba un grafito, escrito con la prisa del que se ya, en las paredes de un baño en el aeropuerto de Montevideo, Uruguay. Eran los años setenta del siglo pasado, años de dictadura y represión tras el golpe de Estado de 1973, cuando miles de uruguayos escogían el camino del exilio –voluntario o forzoso– para abandonar su país y buscar mejor fortuna en el extranjero. El humor negro que contenía el grafito del aeropuerto reflejaba una situación desesperada, no menos negra, que angustiaba al país entero y le sumía en la incertidumbre y la tragedia.

Aquí, en nuestras honduras, no habrá que apagar la luz. Ya está apagada. Y, además, nuestros emigrantes no se van por el aeropuerto; salen por veredas, por los llamados “pasos ciegos” o por las aduanas terrestres, tan inútiles como maltrechas, buscando siempre las peligrosas rutas migratorias que los conduzcan hacia la frontera prohibida, tan distante a veces como inalcanzable e incierta.

Atrapado entre dos mundos, tan distintos como hostiles, el emigrante, tornado en migrante de tanto ir y venir, se convierte rápidamente y casi sin darse cuenta de ello en un ser transicional, culturalmente híbrido, navegante inconsciente en un mar de incertidumbres y peligros. Se va de estas honduras, casi huyendo del Estado; pasa por Guatemala y México, ocultándose del Estado; finalmente, llega, cuando llega, al paraíso ansiado y, también ahí, debe evitar encontrarse con el Estado. Siempre el Estado, ese entramado misterioso de leyes y prohibiciones, esa trama hostil de límites y restricciones, el monstruo perverso que, a contrapelo de Octavio Paz, no tiene ya, si es que alguna vez tuvo, siquiera un rastro de filantrópico.

Pero no sólo del Estado debe esconderse y ponerse a salvo el emigrante. También debe evitar las trampas macabras de las rutas migratorias, las bandas de delincuentes que le asaltan, le extorsionan y violan. Debe ocultarse de los bandidos del camino, otros pobres y desamparados como él, que no vacilan en robar a sus propios compañeros de viaje y asesinar a sus mismos compatriotas. Es la insolidaridad del verdugo, la crueldad como norma, el crimen como el arma predilecta para que se salve quien pueda.

Atrás, el emigrante deja un mundo de calamidad y violencia. Por delante le espera un universo diferente, cargado de promesas y posibilidades. Sueña el emigrante, porque emigrar es, en cierta medida, una manera no sólo de escapar sino también de soñar o, al menos, una forma desesperada de confiar. Su alma transicional oscila, en movimiento pendular constante, entre el sistema que deja atrás, pre moderno y rural, y el sistema que tiene por delante, un capitalismo salvaje en donde le aguarda un torbellino de máquinas, tecnología, furor industrial y cultura desbocada. No acaba de olvidar los valores rurales de la aldea cuando debe empezar a aprender los de la jungla urbana. No termina de reponerse de los sustos del camino, cuando debe acostumbrarse a los sobresaltos de la urbe. En el pasado quedan los policías y la extorsión diaria, el acoso de las pandillas, la muerte incesante y cotidiana; en el nuevo presente, si es que logra alcanzarlo, está “la migra”, la patrulla fronteriza, el paisano ingrato, los campos de reclusión, la amenaza, siempre constante y angustiante, de la repatriación forzada. Y así, entre el asombro y la fuga, entre el miedo y la vigilia, el emigrante que logró cruzar la frontera maldita, vive o sobrevive, trabaja hasta el agotamiento total, para poder al fin, cada mes, enviar la remesa salvadora, la ayuda que sus familiares esperan con la ansiedad del desposeído.

Pero este drama diario, este infinito viacrucis a que se someten nuestros compatriotas sin distingos de género o de edad, no les importa mucho a las élites políticas y empresariales del país. Para ellos la emigración es una solución y no un problema. Es una especie de válvula de escape que le quita presión social a la peligrosa situación en que vivimos. Los emigrantes son, además, una fuente de divisas, la garantía de que podremos, con los dólares que llegan, seguir manteniendo en pie los enclenques andamiajes del equilibrio macroeconómico. Los emigrantes y sus valoradas remesas son los mejores garantes de la devaluación controlada.

Y si la emigración no es un problema sino una solución, entonces para qué preocuparnos. Que se preocupen los Estados Unidos, porque allá sí, en el territorio norteamericano nuestros emigrantes se convierten en un problema, como ya lo estamos viendo en estos momentos con la dramática “crisis humanitaria” que se ha creado por la avalancha de niños migrantes que ha llegado al suelo estadounidense. Y, si se les considera un problema, entonces el derecho de emigrar, que es un derecho humano básico, se convierte, por intríngulis legal, en un delito, y no en cualquier delito, en un peligroso delito contra la seguridad nacional del país anfitrión.

Así, por obra y desgracia de esta retorcida dialéctica humana, el emigrante, que tan sólo aspiraba a buscar mejores oportunidades para vivir mejor, termina convertido en un apestoso delincuente a quien hay que devolver a su país tan pronto como sea posible. Y al volver, comienza a girar de nuevo el círculo siniestro del retorno y la partida, el ir y volver, la transmutación del emigrante desesperado en migrante profesional. Son las vueltas y revueltas infinitas de la historia, su manera socarrona de burlarse de los hombres.