Son comprensibles, claro que sí, la algarabía y el gozo desmedido. Después de todo, luego de más de una docena de años soportando un régimen caracterizado por el abuso y la arbitrariedad permanentes, es justa la alegría desbordante y el júbilo callejero.

La gente celebra el triunfo electoral como lo que es: la victoria del hastío y el hartazgo sobre la práctica cotidiana de la corrupción y el despilfarro. Por fin, se oye decir con frecuencia, se van, se van, haciendo alusión a que ya está cerca, muy cerca, la hora final del régimen autoritario y corrupto. Tanto el “se van, se van” como el emblemático “¡Fuera JOH!” son dos caras de la misma moneda, la del desencanto y la impotencia, la de la frustración y el furioso rechazo.

Pero, como suele suceder, todo tiene su lado positivo y su lado negativo. A lo mejor, lo malo de esta euforia desbordada sea precisamente eso, su ruptura del límite y el olvido de la razón. No son pocos los que creen haber tocado la gloria y haber consumado, como los viejos comuneros de París en 1871, “el asalto al cielo”. Hablan del triunfo electoral como si fuera igual a la toma del poder, como si el éxito en las urnas les abriera la puerta para tomar las riendas del verdadero poder y del control absoluto de la vida social.

No, por supuesto que no es así, por desgracia no es así. La victoria comicial despeja la senda hacia el control del gobierno, le permite a la parte triunfadora acceder a los engranajes clave de la administración gubernamental y, desde ahí, confrontar o complacer al verdadero poder.

El gobierno no es más que eso: la maquinaria oficial que gestiona los intereses del poder o, en razón de su autonomía política o convicción ideológica, enfrenta los desafíos y disputa con los poderosos ocultos el ejercicio libre de la actividad política.

El expresidente Manuel Zelaya por experiencia propia sabe o debe saber mucho de esto. Desde el mismo inicio de su gobierno (2006–2009) debió hacer frente a los intereses abusivos y arrogantes del verdadero poder. El tema de los combustibles y la fórmula para decidir su precio real fue uno de los más crispados y controversiales. Seguramente no olvida la frase de aquel insolente empresario extranjero que le advirtió, con chocante arrogancia, que no estaba dispuesto a “darle ningún penique”, haciendo alusión a la justa demanda para reducir los precios de las gasolinas en el mercado local.

En ese momento, el recién estrenado presidente comprendió que su contraparte era lo que suelen llamar el “verdadero poder” al que debería enfrentarse. Y lo hizo, con coraje y dignidad suficientes, aunque por ello debió pagar el alto precio del golpe de Estado.

Creer que las urnas conceden la toma del poder conduce a plantear demandas desmedidas y reclamos incumplibles. El nuevo gobierno, atribulado por la pesada herencia del régimen dictatorial derrocado y, al mismo tiempo, acosado por la dimensión exagerada de las nuevas exigencias sociales, no sabe qué hacer, improvisa, acertando algunas veces o fallando en otras. Pasan los primeros cien días, período de prueba artificialmente diseñado, y la popularidad del nuevo equipo gubernamental comienza a revelar pequeñas grietas, leves fisuras que son indicio del malestar latente. Es la hora de tomar medidas valientes y enfrentar los intereses que se oponen al cumplimiento de las promesas y ofertas contenidas en el plan de gobierno que fuera presentado ante los electores apenas unos meses atrás. Es la hora de los hornos, como escribió José Martí.

De ahí, pues, que no es nada recomendable confundir al gobierno con el poder. Quien lo haga se perderá fácilmente en los entresijos del oficio, reclamando lo que es muy difícil obtener o protestando por aquello que, al menos todavía, no es posible conceder. Todo es cuestión de astucia política, habilidad en el liderazgo, organización del apoyo popular y, claro está, también un poco de cautela y paciencia. Política, en fin de cuentas.

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