El fetiche del ahorro

La cultura de las rebajas en Honduras, impulsada por el consumo como espectáculo, ha pasado de ser una oportunidad real de ahorro a una ilusión mercadológica que explota la vulnerabilidad del consumidor.

  • Actualizado: 15 de enero de 2026 a las 23:40 -

En Honduras, durante los primeros años de la década del 2000, se generó una reconfiguración comercial debido a la apertura de grandes centros comerciales, donde el consumo se fue consolidando como entretenimiento, esparcimiento, estandarización, estatus social, entre otros.

Tal como lo explicaba el ilustre Eduardo Galeano, dichos espacios se convirtieron en “... templos de consumo...”, adaptándonos a modelos europeos y estadounidenses, acorde a los preceptos de la globalización.

En este devenir histórico de más de veinticinco años se pusieron de moda las “rebajas de enero” o de inicio de año.

No obstante, ese momento tan esperado por muchos hondureños, que por varios años sirvió como la temporada para obtener beneficios económicos reales mediante el acceso a mercancías en oferta, se ha convertido en los últimos años en una falacia, pues los descuentos efectivos de hasta un cincuenta por ciento se han ido reduciendo en cantidad y calidad y lo que ha quedado es un ahorro espectral o rebaja ficticia.

Al recorrer los largos pasillos llenos de tiendas que denotan modernidad, glamur y buscar afanosamente mercancías entre tumultos de personas, el cansancio de no encontrar lo que se busca según las expectativas, me di cuenta de que nuevamente había sido víctima de una ficción colectiva.

La experiencia frente a las vitrinas, al igual dentro de las tiendas, me hizo reflexionar que como consumidores somos vulnerables en todos los sentidos, en primer lugar, nuestro imaginario ha sido penetrado por exitosas estrategias de mercadotecnia que ya no solo nos hacen creer la necesidad de algo material, sino que han contribuido en la creación de una necesidad artificial innecesaria.

Este fenómeno, analizado desde la teoría del valor, explica cómo la diferencia entre un precio mayor y uno menor de la mercancía genera una especie de anclaje mental, pues nuestro razonamiento se circunscribe entre la distancia de los dos números y el imaginario queda atrapado en ese espacio matemático, desapareciendo por completo la mercancía en sí.

Por otra parte, el hecho de que sean “ofertas por tiempo limitado” nos reprime pensar críticamente y nos hace caer en la trampa de que quedamos fuera, y esto de alguna forma genera validación social, pues vamos a ver y que nos vean en los “malls”.

Este fenómeno también genera una especie de ceguera, pues muchas veces obviamos las condiciones en las que se encuentran las mercancías. Es común encontrar prendas manchadas, sucias, descocidas, desfazadas, desplazando la calidad de estas, predominando esa sensación de haber obtenido productos en rebaja, donde la culturización nos ha hecho creer que hemos alcanzado una victoria personal.

Asimismo, al ignorar la calidad la mercancía deja de ser un valor de uso para convertirse en un valor de signo. En este acto desesperado, en el cual seguramente muchos hemos caído, también se observa cómo por el afán por comprar solo por el fetiche de la oferta dejamos de ser personas con criterio, sin darnos cuenta de que estamos humanizando las cosas.

En este nivel se pierde hasta cierto punto la identidad, pues la histeria colectiva nos arrastra a adquirir un volumen de productos que de repente ni necesitamos, satisfaciendo momentáneamente demandas superficiales; sin embargo, nuevamente aparece y se instaura un vacío que no lo llenan las compras.

Otra de las vulnerabilidades se encuentra en la desprotección sistémica, pese a la existencia de mecanismos legales y entidades que deberían proteger al consumidor, en la práctica se presenta una brecha significativa principalmente por la premisa del libre mercado que impera en el país, la cual no permite controlar a cabalidad este tipo de situaciones.

Por otra parte, al no existir denuncia por publicidad engañosa o venta de artículos muchas veces deteriorados, las sanciones suelen ser irrisorias comparadas con los niveles de ganancias obtenidas.

La idea es concientizar desde una crítica constructiva a las empresas en respetar la oferta y el consumo de los hondureños; asimismo, para los consumidores lo ideal es la precaución, la racionalidad y priorización de verdaderas necesidades, a la vez, implementar principios de la educación financiera.

Por lo que se puede argüir que el fetiche del ahorro es una ilusión que nos hace creer que ganamos y economizamos al comprar mercaderías en descuentos, cuando en realidad estamos gastando y muchas veces comprando con precios inflados antes de las supuestas rebajas.

Indiscutiblemente aquí hay responsabilidades compartidas, pues de manera voluntaria hemos aceptado esos periodos de rebajas de manera cíclicos, así como la calidad de las mercancías que nos ofrecen.

Donde finalmente vemos desvanecida la precaución ante la oportunidad que vence a la lógica del cuidado del dinero. ¡No seamos ingenuos!

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