01/01/2026
10:24 AM

Cuarenta

Roger Martínez

Cuando alguien cumple cuarenta años se le suele felicitar con particular efusividad, porque cuatro décadas, ocho lustros, suponen madurez, acumulación de experiencias y solidez. Se supone que un cuarentón, o una cuarentona, poseen ya una personalidad definida, un bagaje existencial suficientemente rico como para tener claridad sobre su futuro y el de los que lo rodean; como para saber como vivir los años que tiene por delante.

Igual sucede cuando se llega a cuarenta años de matrimonio, como nos sucederá el próximo sábado 29 a Jackie, mi esposa, y a mí. Luego de 40 años juntos podemos decir que mantenemos una relación madura y sólida, que hemos acumulado experiencia y que tenemos claro el horizonte: continuar envejeciendo uno al lado del otro hasta que el cuerpo aguante y Dios así lo disponga.

Y, así como en el proceso de maduración una persona debe transitar por una especie de carrera de obstáculos, en la relación conyugal no son pocos los desafíos y los retos que deben superarse, ni escasas las dificultades que se enfrentan a lo largo de los años. Mi esposa y yo, muchas veces volvemos la vista hacia atrás y, sin hacernos recriminaciones, terminamos por reírnos o por encogernos de hombros.

Cuando hacemos un análisis de qué es lo que nos ha permitido perseverar en este camino, hacemos una enumeración en la que se encuentran elementos como los siguientes: haber crecido en hogares estables, haber recibido la formación humana y espiritual adecuada; habernos rodeado de gente buena, entre ella otros matrimonios que piensan parecido a nosotros y con los que compartimos expectativas vitales; haber procreado seis hijos que son un “pegamento” sumamente efectivo. Además, hemos luchado por ejercitarnos en las virtudes de la paciencia y la generosidad, sin las cuales no hay relación humana que salga adelante con éxito.

Luego, hemos cultivado eso que se llama “amor de amistad”, es decir, esa sintonía que se da entre los amigos y que comparte algunos elementos del amor conyugal, pero que, al mismo tiempo, posee otras características. Por ejemplo: compartir aficiones, hacernos bromas con frecuencia, comentar libros o películas que nos hayan gustado, o disgustado; tomar café muchísimas veces, ella y yo solos, platicar todo el tiempo que tengamos disponible, caminar juntos siempre que el clima nos lo permita, etc., etc., etc. Se excluye, por supuesto, la brusquedad y las bromas pesadas comunes con los amigos, sobre todo entre los varones. Por lo demás, lo ya dicho y la firme voluntad de estar al lado del otro hasta la última exhalación nos ha permitido llegar a estos 40 años de casados. Y que vengan más.