20/07/2024
06:37 PM

Cosas que nunca me diste

Salomón Melgares Jr.

Hace poco escuché una canción en inglés con una letra inusual. Lo que entonaba el coro se lo transcribo a continuación: “Gracias por las veces que has dicho que no, gracias por las puertas que has cerrado, gracias por todas las formas en que nunca me dejaste ir y por las cosas que nunca me diste... ¡Gracias por [lo] que nunca me diste!”.

La Biblia insta constantemente a ser agradecidos, especialmente con Dios. “Sean agradecidos en toda circunstancia”, manifiesta el apóstol Pablo (1 Tesalonicenses 5:18, NTV). Por su parte, el salmista dice: “Entren por sus puertas con acción de gracias; vengan a sus atrios con himnos de alabanza. ¡Denle gracias, alaben su nombre!” (Salmos 100:4, NVI). Pero nosotros no le damos gracias. Nos cuesta trabajo acordarnos de Dios y verlo detrás de todo “lo bueno y lo perfecto” que nos acontece (Santiago 1:17). Él solo aparece cuando las cosas no van bien. ¿Por qué lo permite?, es la pregunta que se hace. Darle gracias por la puerta cerrada, por los sueños que siguen sin hacerse realidad, por los caminos que no se han transitado y por las cosas que no se han recibido es, en mi opinión, el reflejo de un entendimiento profundo de quién es Dios verdaderamente.

Que esto suceda nos hace enterrarnos en nuestro propio yo. Pero el deterioro que eso conlleva puede revertirse en cualquier momento.

Como dijo un autor, es simple: acuda a Dios, confiésele que ha sido incapaz de agradecerle por confiar en usted mismo y en las cosas que da por sentado y, a partir de ahí, dedíquese a buscarlo en oración con una mente alerta y un corazón agradecido.

Dígale: “Cuando quería menos de lo que Tú tenías en mente, [o] cuando quería más de lo que podía manejar en ese momento, cuando te necesitaba, pero te rechacé, no me dejaste escapar de tu mano. Simplemente no lo sabía, pero ahora lo entiendo”. ¡GRACIAS!