Nadie nace demócrata, excepto los seres humanos excepcionales. En tiempos de Carías, sus corifeos escribían que “hasta Dios es continuista”. La formación democrática hace parte de la forja de las nuevas generaciones, y se forjan en familias que cultivan la libertad, la crítica, el acuerdo y el respeto a la ley. Solo allí.
Las familias, mayoritariamente, son patriarcales, machistas, caudillistas, ancladas en el culto a la fuerza. El castigo físico del padre a la madre, incluso a los hijos, forja en las nuevas generaciones la idea que el poder es la capacidad de hacer lo que se quiere y sin límite de tiempo. El poder de la fuerza es superior a la razón. La libertad, palabra hueca, sin importancia. Los niños, un estorbo; y los débiles, cosas que Dios ha mandado para felicidad de los machos salvajes e incorregibles.
La escuela es poco democrática. Los profesores son anticipos del policía que limita las libertades. Obedecerles es prepararse para la vida adulta. Tienen siempre la razón, saben lo que les conviene a los alumnos. Enseñan a obedecer. Los niños inteligentes e inquietos que indagan y proponen son rechazados y maltratados. Por ello, aquí no hay admiración por la razón, ni respeto por los méritos de los demás. Se sigue a los triunfadores que no se merecen los laureles y que para lograrlos transgredan la ley. Se vota por los mentirosos, empujados por maestros doctrineros.
La condena contra los ladrones es ambigua. Hay ladrones “amigos” que son “honrados”; y enemigos que, aunque no lo parezcan, son “ladrones” incorregibles. Si antes, hasta 1963 por lo menos, se fomentaba el carácter, la admiración por la libertad y el ejercicio de la democracia como forma de respeto a la ley, ahora lo que impera es el aplauso hacia los fuertes, a los temerarios y a los que imponen sus caprichos sin razón o legalidad. No es accidental que estas ideas deformadas, alimenten la operación y fomenten la funcionalidad interna de las pandillas y maras, en las que los jóvenes y los adultos encuentran la “familia” que no han tenido y el espacio para lograr protección, aunque para ello irrespeten la ley e impongan su voluntad mediante la violencia.
Los caudillos políticos de ahora son exactamente iguales como los que dirigen las maras. Un ejemplo de esta simbiosis la representa Fabricio Sandoval, que mientras estudió derecho en la Unah, se distinguió como el que más ofendió a los profesores universitarios. Ahora es “vicepresidente” del Congreso. Que decide la “elección” del rector de la Unah. Un “héroe” irrespetando la ley.
Se puede afirmar que la mayoría de los gobernantes han sido continuistas. Morazán se reeligió, dentro de la ley. Pero siguió peleando por el poder. Guardiola fue continuista. Igual que Medina y Soto, Bográn. Bertrand, con el apoyo de Policarpo Bonilla, violó la Constitución, reeligiéndose. Carías es el continuista mayor. Después de 16 años, en 1954, intentó otro período. López Arellano le siguió sus pasos. Mel no quería que Elvin Santos lo sucediera, porque estaba enamorado de “la burra”, como llamaban a la silla presidencial. JOH hizo el mayor daño al “reelegirse” porque, además, abrió el paso a Zelaya, que impuso a su mujer como gobernante para detrás de ella dirigir al país. Indefinidamente.
Y como a los continuistas la única forma de sacarlos del poder es por la fuerza, han fomentado la violencia, la revuelta y la inestabilidad que nos ha impedido salir de la pobreza y probar los “bananos maduros” de la prosperidad. Nuestra mayor “enfermedad”, entonces, son los continuistas y los que los eligen. Creen que no podemos vivir sin ellos. Cuando son innecesarios. Todos, sin excepción.
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