Como al final nos olvidamos de la previsión que anduvimos pregonando, en 1974, cuando afectó a Honduras el huracán Fifí, nos encontramos – especialmente Arístides Padilla, Nora Midence, varios promotores y yo, en La Grecia, Costa Rica. Cuando oímos las noticias y los periodistas -- en su natural vocación por la exageración, gritaban que “San Pedro Sula había desaparecido”, Padilla, gerente regional de la Diósesis de SPS y conductor del busito en que viajábamos, y yo, – no teníamos dinero para viajar en avión—decidimos regresar inmediatamente. El viaje, sin detenernos, solo para lo elemental, duró 19 horas hasta Tegucigalpa, adonde llegamos a las dos de la madrugada del día siguiente. Aunque le recomendé a Padilla que se quedara en casa, descansando un poco, se negó y tomó rumbo a SPS, adonde constató la situación, me informó y reactivó un operativo en que la presencia de la Iglesia católica se hizo sentir por su capacidad organizativa, sus redes establecidas y sus bodegas abastecidas de alimentos, y bienes de uso personal. Hay que reconocer que, para entonces, el Gobierno tenía menor presencia y la sociedad civil, muy relevante. Entre sus integrantes destacaba la presencia y el trabajo de la Iglesia católica. El apoyo del exterior fue espontáneo. Cuba se hizo presente y sin anunciarse, aterrizó sus aviones con médicos, medicinas, alimentos y frazadas. El trabajo fue intenso, pero efectivo. La población estaba organizada, teníamos los recursos locales disponibles y, hay que reconocerlo, los daños no tuvieron las dimensiones de los que ha sufrido la costa norte.
Recuerdo lo anterior porque la Iglesia católica - más Cáritas Nacional- ya no tiene la presencia que exhibían en 1974. La caridad no tiene la dinámica de antaño, y siguiendo al papa Francisco, los sacerdotes y obispos huelen cada vez menos a las ovejas que les toca pastorear. Los sacerdotes que tienen alguna presencia casi han olvidado la doctrina social de la Iglesia y fuera de homilías del cardenal Rodríguez y la exhortación del presidente de la Conferencia Episcopal monseñor Garachana es poco notoria la presencia de nuestra Iglesia en esta crisis. Durante el Mitch, el Gobierno aprovechó las relaciones internacionales del cardenal Rodríguez para sensibilizar a los acreedores, en dirección a la condonación de la deuda. Esta vez no. El Gobierno luce autosuficiente y capaz. O las relaciones con la jerarquía católica han sido dañadas por la dominante presencia de los evangélicos que ¿se han puesto al servicio de los gobernantes? Y la católica ¿se ha replegado por orgullo? No lo sabemos.
La ausencia de Cáritas de Honduras en esta crisis actual no deja de afectarme en lo personal y especialmente como católico. El que Honduras se haga evangélica no creo que provocará diferencias. Los problemas culturales nuestros son más profundos que el simple cambio de iglesias donde adoramos a Dios.