La historia del género humano nos ha mostrado que, en la medida en que íbamos desarrollando una serie de destrezas, íbamos asumiendo la postura erguida que hoy caracteriza al homo sapiens. Esa evolución física iba también acompañada de cambios positivos en los procesos de pensamiento hasta llegar a los más altos niveles de abstracción y de sensibilización como el desarrollo de la capacidad de crear arte o literatura.

Esa maduración intelectual también proveyó al hombre y a la mujer de la posibilidad de establecer unas relaciones sociales presididas por el diálogo, por el reconocimiento y respeto de las distintas maneras de comportarse y de pensar; de manera que hábitos éticos como la tolerancia hiciera posible la convivencia armónica entre personas que perciben y entienden la realidad de modo diverso, sin que por eso se consideren enemigos ni crean que el otro es una amenaza inmediata o en potencia.

Así es como, no obstante, avances y retrocesos, a pesar de guerras y de notables disensos, la civilización humana ha llegado hasta aquí.

En esta Honduras en que nos ha tocado nacer y crecer se ha repetido también el mismo fenómeno evolutivo.

Ha habido siempre fuerzas e intereses opuestos que, aunque ha habido momentos de la historia nacional han intentado, y a veces logrado imponerse los unos sobre los otros a plomo, sangre y muerte, al final han caído en cuenta que no ha valido la pena y que se gana más con el consenso, con el diálogo, con la vivencia de la virtud de la fratría.

He dicho todo lo anterior a raíz de lo que, en los últimos años, poco más de 12 para ser preciso, ha sucedido en nuestro país.

Ha habido días, semanas, en los que parece que se nos ha olvidado que ya caminamos erguidos. Nos hemos insultado, descalificado, ofendido, y hasta hemos sido testigo de actos de destrucción y muerte, porque intereses contrapuestos han usado a Honduras como escenario.

A veces pareciera que vamos de regreso a las cavernas, que hemos perdido lucidez, que, obnubilados por pasiones políticas, hemos dejado de pensar en el futuro del país y su gente con objetividad, con sensatez.

Las consecuencias están a la vista: el miedo, la desesperanza, la sospecha, la desconfianza. Y así no es posible que salgamos adelante. El odio nunca ha sido terreno propicio para el desarrollo.

Lo que nos va a permitir salir adelante es la hermandad solidaria, la búsqueda de entendimiento, la empatía mutua. Porque solo cuando caminamos erguidos podemos otear el futuro. Ojalá podamos entender esto de una vez por todas.