Aquellos tiempos de la bananera

Aunque ahora vive en Choloma, en La Lima muchos aún recuerdan a Julio Laico, el barbero que entre tijeras, navajas y chistes convirtió su silla de barbería en un lugar donde los clientes olvidaban las penas

  • Actualizado: 09 de marzo de 2026 a las 23:50 -

Aunque ya no vive en La Lima, sino en Choloma, todos en la Ciudad del Oro Verde recuerdan a Julio Laico, el barbero que hacía a sus clientes olvidar las penas contándoles “perras” y chistes en el fulgor de la bananera. Laico es su nombre de combate, ya que su partida de nacimiento lo identifica como Julio Lazo Saravia, bautizado así porque nació un mes de julio hace ochenta años. Su habilidad para manejar las tijeras y la navaja las combinaba con sus dotes de comediante nato para hacer reír a sus clientes mientras daba giros a un viejo sillón y el pelambre iba alfombrando el piso.

Aprendió a pelar a los quince años en la cabeza de sus amigos, quienes se lo permitían a cambio de que no cobrase, hasta que debutó como barbero en la recordada barbería El Jícaro de Lima Nueva, adonde acudían hasta ejecutivos de la Tela. La peluquería funcionaba en una zona de mucho ajetreo en donde hacían escala las baronesas atestadas de pasajeros procedentes de comunidades como Potrerillos, Pimienta y Villanueva en su recorrido hacia San Pedro Sula. En ese tiempo, La Lima era paso obligado de estos vehículos porque aún no existía el puente de Chamelecón.

Julio creció en las calles de La Lima, jalando maletas en la estación del tren o vendiendo pan, tabletas de leche y otras golosinas que hacía su madre en casa mientras el papá trabajaba de conserje en la compañía. El cipote solía colarse en los trenes que transportaban a los trabajadores de la bananera el 1 de mayo para que fueran a celebrar su día en las playas de Tela.

Así aprovechaba para vender, pero también para dar un chapuzón en el mar.

Con su amigo de infancia Roberto Marroquín Folgar, más conocido como Chapín, saltaban desde el viejo puente de hierro que dividía a Lima Nueva de Lima Vieja para zambullirse en las entonces claras aguas del Chamelecón. Por ese tiempo estalló la huelga del 54, que aquellos amigos de la infancia recuerdan con agrado, pues disfrutaban, de refilón, la comida que las mujeres cocinaban para los huelguistas. A los cipotes les daban también su porción en el campamento de Chulavista a cambio de cortar hojas de guineo para servir el fiambre.

Nuestro personaje no olvida los sábados gloriosos en que el temido comandante de La Lima, Eduardo “Guayo” Galeano, tiraba monedas a la garduña para que la recogieran los cipotes. Recuerda a Guayo porque también hizo tronar el primer toro fuego, entre el alboroto de la gente, durante un festejo a su venerada Virgen de Suyapa. Eran momentos en que el hombre fuerte de Carías en la costa norte se olvidaba de perseguir a los “comunistas” enemigos de la dictadura y de la patronal para relajarse.

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